Respetuosa e irónica venia de Vallejo a Pedro de Osma

El inusitado encuentro entre el vate y el ilustre personaje de la elite limeña.
18 Septiembre, 2022
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Cuando Lima era menos poblada y los pocos lugares públicos concurridos por los vecinos, eran zona de encuentro de singulares personajes. Uno de ellos sucedió en la Biblioteca Nacional donde era concurrida por personalidades como Pedro de Osma y Pardo, un abogado y político peruano, dirigente del Partido Demócrata o pierolista, que fundó el diario La Prensa en 1903.

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De Osma llegó a ser presidente de la cámara de Diputados, alcalde de Barranco y más tarde de de Lima. Su abuelo fue nada menos que Felipe Pardo y Aliaga. El escritor Juan Espejo Asturrizaga en una biografía del poeta peruano narra que Vallejo se encontró con un señor elegante e iracundo, a quien por casualidad casi descalabra.

Acababa [Vallejo] de llenar el formulario solicitando un libro en el pupitre que existía a la izquierda de la entrada del salón de lectura [de la Biblioteca] y, terminada esta primera gestión para obtener el libro que deseaba leer, se volvió bruscamente para dirigirse a la ventanilla”, cuenta.

César al voltear se dio con él en forma violenta, descolgándole los lentes, derribándole el sombrero, el bastón que portaba y trastocando su grave y circunspecta figura en una ridícula postura de atropellado. César de inmediato le ofreció sus excusas. Pero el caballero, reaccionando colérico y agresivo, restaurándose en parte, al colocarse nuevamente los lentes y observarlo, reclamó su inopinada forma de comportarse en un } lugar de cultura como una biblioteca de la capital”, añade la historia.

Vallejo, agrega la anécdota, profundamente mortificado de su involuntaria torpeza le expresó nuevamente sus satisfacciones. Pero el tal señor tomando aún mayor aliento continuó increpándole: “¿Usted sabe con quién está tratando? ¿Sabe usted por ventura quién soy yo?”… César se mostró confundido. Y el señor ya iracundo le gritó: “¡Sepa usted que soy don Pedro de Osma!”… Y Vallejo, reaccionando ya, pero siempre con respetuosa e irónica venia le aclaró: “Y yo qué culpa tengo, señor”… y se marchó.

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