Palacio de Versalles: Por dentro flores, por fuera malos olores

Georges Vigarello en su libro 'Lo limpio y lo sucio' relata la aversión al agua entre los siglos XVII y XVIII en la Francia de los Luises XIV, XV y XVI.
24 Agosto, 2021
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El Palacio de Versalles olía a orín, por mucho que durante los siglos XVII y XVIII fuera centro de ostentación y poder, y que los tres reyes que lo habitaron, Luis XIV, Luis XV y Luis XVI, hicieran de él un hogar de lujo donde se desarrolló la historia de la monarquía francesa.


Georges Vigarello en su libro ‘Lo limpio y lo sucio’. La higiene del cuerpo desde la Edad Media, relata la historia de la higiene a través de los tiempos y dice que cada época tiene la sensación de que es la más limpia.

La mortífera epidemia de peste generó mucho miedo al agua. En Francia, en los siglos XVII y XVIII el contacto con el agua se consideraba peligroso y no se usaba en ningún caso caliente para lavarse.


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El lavado corporal era en seco, y el de los reyes y reinas, público. Por la mañana, lo primero que hacían tras levantarse era enjuagarse las manos con agua ante un selecto grupo de nobles. Era el único contacto con el agua ya que la higiene corporal se hacía frotando el cuerpo con telas de algodón perfumadas.

La limpieza del cuerpo no era importante, pero sí la de la ropa interior. De hecho, se la cambiaban varias veces al día. El pelo tampoco se lavaba con agua. Existía un champú seco, y para evitar olores el pelo se empolvaba, lo que provocaba la caída prematura del cabello.

En los patios

El rey tenía su famosa chaise percée (un inodoro) y había también de este tipo instalados en los apartamentos de la nobleza. Pero el palacio es enorme y a veces no había tiempo para llegar. Además, allí vivían unas 4.000 personas y era transitado por otras cientos a diario, de modo que los hombres orinaban donde podían, en las paredes de los patios.

Las mujeres solían llevar consigo una palangana, a veces escondida en un falso libro titulado, y cuando lo necesitaban, se levantaban la falda, orinaban en el recipiente y lo tiraban ahí donde estuvieran. Había una legión de limpiadores, que trabajaban incansablemente, pero era insuficiente para que los efluvios pudieran ser disipados.

El perfume era la salvación

El perfume disimulaba los olores corporales indeseados. También se consideraban un agente purificador; los perfumistas casi eran curanderos cuyas creaciones podían ahuyentar los males y curar enfermedades. Era, por supuesto, un signo de rango social y había un perfume para cada estamento.

Los dientes de la mayoría estaban sucios y con caries. Eso quien tuviera la suerte de conservar la dentadura, ya que solían tener las bocas con infecciones de encías, y pérdidas de piezas dentales. De ahí que en casi todos los retratos aparezcan con la boca cerrada y sin casi sonreír.

Las obras para mejorar el estado sanitario de París contribuyeron al acceso al agua limpia. Sin embargo, no fue hasta finales del siglo XVIII cuando lavarse con agua comienza a considerarse necesario para la salud, y sólo a principios del siglo XIX se generaliza en París el acceso y uso del agua limpia.

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