Opinión | Rubén Quiroz: Katarsis

8 Noviembre, 2019
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Bernard-Marie Koltès, el sobresaliente dramaturgo francés, es releído en manos de Roberto Ángeles y convertido en un evento escénico coral. Sabemos que el conflicto mental, la zona líquida descrita por Bauman de las sociedades postindustriales, generan individuos altamente corrosivos, que desprecian los marcos éticos, suelen ser atroces cuando van más allá del bien y el mal.

Es decir, tener conciencia de la frontera de lo que es bueno o malo, implica aceptar que existen acciones que no deben hacerse. Sin embargo, toda la historia de la humanidad ha sido siempre transgredir las líneas de convivencia básica. Zucco, el personaje construido por Koltès, inspirado en un joven asesino serial europeo, está más cerca de la amoralidad.

Esto es el desprecio a toda moralidad o atisbo de reflexión sobre las acciones que ejecuta. Sin embargo, Ángeles, en la figura de un ágil y sufrido, Andrés Silva, le concede humanidad. A diferencia de la dimensión amoral, cuya presencia es aún más desalmada y terrorífica, el director peruano le ha dado sentimientos torturados y aplanado a tal punto que se disuelve.

En vez de construir una estética impía y personalísima, le ha quitado protagonismo individual para dividirlo en todo su elenco. Es un Zucco desplegado en cada uno de los incansables actores (Diego Salinas, Ítalo Maldonado, Alejandro Guzmán y Alonzo Aguilar). Entonces el protagonista no brilla porque todos lo encarnan. Zucco, como personaje, desaparece como tal para reaparecer en forma grupal. Volvió y fue un elenco. En varios momentos solo es una sombra inocua.

Es por ello que la coreografía tiene una mecánica importante en el desarrollo de la puesta. Los movimientos planificados, acordados, magnifican el expresionismo sugerido, muy bien ensamblado con la música. Eso demuestra la visión en el manejo de actores, que, en sus múltiples papeles, no decaen en la responsabilidad de maniobrar hábilmente tanto los tonos como la psicología necesaria para diferenciarlos. Esa es la fortaleza también de lo que vemos en el miraflorino y renovado teatro Julieta. Hay un equipo trabajando consistentemente con ejecutar la visión a punta de movimientos corporales semidesnudos y luchas escénicas bien llevadas. En algunos momentos, la poesía del autor francés surge. Sabemos que la belleza de las palabras es una característica invaluable y sumamente profunda en toda la dramaturgia de Koltès, quien concede al ritmo de lo pronunciado, lo dicho, un aire lírico magistral. Sus personajes son emisores de pura poesía. Es tal el poder del verbo, el amoroso cuidado con las palabras a ser enunciadas, en su universo dramático que, si aisláramos ello, se inscribiría al lado de Breton o de Hélène Cadou. Entonces, esa luminosidad de las palabras solo aparece rutinariamente o más bien son ocultadas en varios pasajes.

En todo caso, el resultado total es suficientemente valioso para gozar de una aventura teatral nocturna (un martes o un miércoles, poco habituales, pero son alternativas necesarias ante la creciente oferta) y mantiene, sin dudarlo, vigente la mano maestra de Ángeles.