OPINIÓN | Rubén Quiroz: “El Fondo Editorial del Congreso”

14 Enero, 2020
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En nuestro país dedicarse a editar libros es de por sí una tarea valiosa. El Estado debería ser un permanente promotor para que esto suceda con todas las facilidades requeridas. En algunos casos, como con el Fondo Editorial del Congreso (FEC), se ha logrado equilibrar calidad editorial y de autor. Fundamentalmente, se ha hecho un interesante catálogo de autores peruanos clásicos y que de otro modo hubieran estado extraviados en los anaqueles del tiempo. También se ha logrado editar a autores contemporáneos de valía y con trabajos que han ampliado nuestra mirada de este país tan complejo y heterogéneo. Mal que bien, la mayoría de los textos editados tienen un impacto positivo en el circuito cultural nacional.

Como en toda organización, esa eficiencia se ha debido a una forma de gobernanza ágil.  Esa fue la visión de quienes la fundaron hace más de dos décadas. Al depender directamente de la Oficialía Mayor, un ente administrativo congresal, se facilitaba la gestión. Esto trajo como resultado una cantidad permanente de buena producción bibliográfica y de presencia constante en ferias y espacios ganados para la cultura. Además, por su cada vez creciente proyección internacional, uno de los órganos más desprestigiados como es el Congreso, tenga un salvavidas simbólico de tal manera que la propia existencia de un Fondo Editorial parecía una contradicción. Es decir, un brazo de esta institución parecía estar funcionando bien y acorde con las necesidades editoriales.

Luego de la disolución del nefasto Congreso anterior, persisten las viejas prácticas hostiles a toda acción eficiente. Es por eso que la Comisión Permanente, quien transitoriamente representa a un poder del Estado, ha decidido cambiar las formas de organización interna. Para ello ha creado un nuevo aparato burocrático enmarañado y ajeno a las buenas prácticas de la administración en general. Esto, por definición, va contra el sentido común de toda gestión. Es decir, lo que está funcionando bien hay que mejorarlo, pero no reducirlo a una oficina inoperante. Salvo que justamente se quiera ello. Es decir, una manera de desaparecerlo o cuando menos de inutilizarlo.

A veces tenemos esa patología de destruir lo que funciona bien. Es la victoria de la tentación del fracaso, pero no como una tendencia ribeyriana sino para ocultar más bien movimientos de dimensiones políticas y laborales. En pocas palabras, se suele usar caretas administrativas para ocultar estrategias de orden más mundano. Todo esto podría atentar contra la propia existencia del Fondo Editorial como tal. En ese sentido, es recomendable que no se aproveche el caos administrativo para cumplir objetivos que no van acorde con una saludable forma de gestionar los recursos estatales, es decir, nuestros propios recursos como ciudadanos. Es importante recalcar que son recursos de todos los peruanos y no de un solo grupo. No se puede olvidar que el poder es temporal, ilusorio, un mero recodo, los que creen que es eterno, que no podrá modificarse luego ante mejores escenarios, están en un grave error.