OPINIÓN | Rubén Quiroz Ávila: Tengo el color mismo de mi Madretierra, Guissela Gonzáles

La cosmovisión andina aparece con esos pliegues cuestionadores y que enrumban a un nuevo estatus de nuestra historia literaria.
24 Septiembre, 2019
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Hubo un tiempo que la literatura peruana era solo en castellano y limeña. Es decir, un grupo de criollos (blancos, para variar) se habían apropiado de todo el conjunto de variantes que supone una literatura compleja y diversa. En claves eurocéntricas y centralistas habían consagrado un canon excluyente. Por supuesto, lo indígena estaba condenado a ser marginal. Pero las resistencias decoloniales han triunfado y han quebrado el paradigma metropolitano. Es por ello que se abre ante nosotros múltiples universos literarios del crisol de culturas que somos.

Una de ellas es la brillante estela poética de Efraín Miranda, autor indio, soslayado por esa miopía descrita. Gonzáles conceptualiza la espectacular tensión que significa Choza (1978), y el intenso choque de modelos de creencias. La cosmovisión andina aparece con esos pliegues cuestionadores y que enrumban a un nuevo estatus de nuestra historia literaria ya advertido por Pablo Guevara, compañero generacional. A esto también, bajo propuesta de Mignolo, se le llama semiosis colonial, como una operación de fractura pragmática. Sostiene, la profesora sanmarquina, que Miranda: “se yergue como una figura solitaria, pero briosa, en cuya bronca voz se sintetizan no solo preocupaciones estéticas, sino también éticas y epistemológicas”.  Un redescubrimiento de un tremendo poeta.