OPINIÓN | Rubén Quiroz Ávila: “Súper PB y los contaminadores”

28 Febrero, 2020
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Palosanto, el grupo teatral del gran maestro Ismael Contreras, tiene una tradición de vincular la pedagogía con las artes escénicas. En este caso, mantiene, además, la idea de un mensaje poderoso en salvaguarda del planeta. O sea, el enseñar a los niños que el cuidado del lugar que habitamos es parte fundamental de la convivencia. Esto permite que el teatro sea un canal para transmitir valores consistentes con la salvaguarda del bienestar colectivo. Por eso, cada una de sus puestas tiene consigo una parábola de preocupación por nuestra vida conjunta. Pero no siempre el poder del mensaje es suficiente, más allá de las buenas intenciones, para ocultar la manera de cómo se construye una puesta de escena.

Veámoslo así. Es difícil cuestionar un mensaje con buenas intenciones. Es incluso políticamente incorrecto atreverse a observar un llamado a la conciencia cívica con tan buena onda. ¿Cómo no estar de acuerdo con una educación ambiental? Es difícil oponerse, salvo que seas un consumado terraplanista. Pero en el mundo del arte, los mensajes tienen una manera particular de transmitir ello. Es por eso que existe la crítica teatral. En la que, además de la semántica del texto, se va revisando los componentes de la puesta de escena. Por ello, teniendo clara la separación de aquello que se quiere transmitir y la manera de hacerlo, es que estamos ante una de las obras de este grupo que tiene muchas oportunidades de mejora. Incluso, el propio término, oportunidades de mejora, es casi un amable modo de decir que hay mucho por hacer.

Como hemos sostenido, las obras familiares tienen uno de los públicos más sinceros. Se puede ser inicialmente populista con ellos, pero no se mantiene por mucho tiempo la estratagema. El corazón puede ser engañado, pero nunca por mucho tiempo. Como es habitual en las puestas de Contreras, hay oficio, hábito, costumbre, de hacer las cosas correctamente. Sin embargo, esta vez es justo lo que era su ventaja se convierte en una desventaja. Es una obra predecible, con poco encanto mágico, casi plana y que no maravilla. Hay momentos que parece un llamado a una sesión de hipnosis. Mi temor es que la mano hábil y sabia del gran maestro del teatro familiar se haya extraviado o esté agotándose. Eso sería muy malo para nuestro teatro nacional ya que es un universo que necesita siempre de talento y experiencia vinculados a la creatividad.

Y es también, innegablemente, llamar la atención sobre aquello que necesita ser corregido o mejorado. Los críticos de teatro, en general la crítica, tienen que reflexionar sobre su propio objeto de estudio más allá de las simpatías personales. Incluso, más allá de las antipatías ideológicas. Si no hace ello, está condenado a ser un ejercicio de apología, un pacto infame de alabanzas mutuas, o una acción cómplice, o un acto de pusilanimidad que no corresponde a la dignidad de toda deliberación.