OPINIÓN | Rubén Quiroz Ávila: La balada de la concha y la pastora

Aunque todo es empujado por el poder de la palabra y la interesante mano de la directora Eliana Fry, la tesis sobre la cual se va desplegando se confunde.
24 Mayo, 2019
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Es una puesta que deja muchas preguntas sobre el resultado. La intención de montar un breviario escénico desbordante de endecasílabos, ya en sí mismo es una audacia digna de la atrevida directora, que se estrena positivamente así en esas lides. Pero vayamos a los detalles.  Ya el propio título, bajo el contexto político peruano, puede generar un despiste. Y es aún más extraviada la clave húngara. Va a su auxilio una poderosa carga poética, encarnada en esa tropa teatral itinerante, que desliza este ejercicio extraño de tensiones a campo traviesa. Pero tiene más intenciones que conclusiones. El formato, considero, es dudoso respecto al talento reunido. Más allá de las limitaciones estructurales que ofrece el pequeño y antiguo espacio del Club de Teatro de Lima (que necesita una refacción urgentemente), está la disparidad de las actuaciones. Aunque todo es empujado por el poder de la palabra y la interesante mano de la directora Eliana Fry, la tesis sobre la cual se va desplegando se confunde. Hacer metateatro es bordear siempre lo inasible. Y eso que el fraseo adormecedor, lírico, ondulante, de Alfredo Bushby, es mejor que la historia misma. Es decir, las palabras tienen mayor fuerza dramática que lo que se quiere contar.

Es por eso que Javier Valdés, considerando su habitual corrección, apenas brilla en su papel de presentador de un cuento desconectado con la realidad peruana. El nivel actoral es disímil y en muchos momentos, acuciante, ante la superioridad escénica de María del Carmen Sirvas sobre su antagonista Esteban Philipps. Hubiera sido suficiente ella sola en ese papel de pastora para marcar el sentido poético de la propuesta de Bushby. Pero como subrayo, el fraseo tiene luminosidad, pero la historia es inconsistente. Si el tema sexual es un eje, el escalonamiento hasta el violento final no coincide. Ya que está más cerca de una performance de índole sensual y poéticamente erótico que estar muy sexualizado como indican las escenas de cierre. La dialéctica de poder y control que se va desplegando va avanzando, incluso con sus bemoles, pero sucede una intervención planificada de actores metidos en el público que juegan a la conciencia cuestionadora de los imaginarios ítems detectados. Digo, imaginados, porque no siempre hay unanimidad en lo que los espectadores observan. Y, al introducir prototipos de espectadores que comentan abiertamente e interrumpen el desarrollo, supone asumir que todos tenemos parecida opinión. Sabemos que ello es inexistente. Entonces, en vez de convertirse en un aporte de relectura, gira a ser una carga y que poco favorece a la finalidad. Se convierten en distractores y más cuando pasa la primera sorpresa de ser una intromisión natural. Ya, la segunda vez, es innecesaria y pierde totalmente su fuerza disruptiva. Es por eso que la realidad sobrepasa la intencionalidad. En todo caso, el salto está hecho. Está ya trazada la línea de la dirección y, fundamentalmente, el inicio de una carrera promisoria en la exigencia que se requiere para alcanzar una visión sistémica.