OPINIÓN | Rubén Quiroz Ávila: Jauría

El teatro no es una tribuna para la sensiblería.
7 Junio, 2019
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La frontera entre una propuesta teatral con agudos niveles de reflexión y uno que esté más cerca de las claves de autoayuda es débil. Los vericuetos de nuestros miedos, incluso si su origen es de la infancia, tienen que ser tratados con la suficiente astucia que evite el melodrama más corriente. Es decir, la vigilia se ejerce en cuanto se entienda la diferencia entre el lugar común y un drama que nos zambulla en nuestras profundidades. Eso es lo que sucede con esta primigenia puesta de Jesús Neyra. Desde el saque nos marca la pauta de su mirada. Uno entra a la pequeña sala del ICPNA y ve a un grupo de actores en pleno calentamiento. Táctica muchas veces llevada al agotamiento en las puestas limeñas y por ello se tornan repetitivas y sin sorpresa. Solo que el asunto continúa casi durante todo el transcurrir. O sea, se ve poca actuación. A pesar del esfuerzo del guion de Julia Thays, cuyas características poéticas son aceptables, la esencia del cuento peca de ingenuo. No hay jauría, como el título engañosamente sugiere. Sino una amorosa patota que intenta mostrar su alma y conmovernos. Pero la torpeza de sus cuerpos en las coreografías los delata. Al no usar su fuerza narrativa actuando como lo saben hacer, Gonzalo Molina, Gisela Ponce de León, Anaí Padilla, Dante del Águila, Marcos García-Tizón y Lucía Caravedo, dan vueltas mientras van buscando qué hacer para actuar. Ese grado de incertidumbre deja de ser natural (como en el juego de la botella borracha) y desvía la atención para ver más bien sus fallas.

Por definición todo experimento busca una nueva forma de encontrar una respuesta, es una hipótesis teatral para salir del estándar, pero, lamentablemente, estamos ante una obra que reafirma el patrón y no lo cuestiona. Eso de jugar con pinturita y papeles está sobreexplotado en el teatro. Sin embargo, hay momentos que nos hacen pensar en las posibles bondades de lo que pudo ser si la mano fuera más diestra, es cuando monologa Anaí Padilla, y de pronto suspende todo el ejercicio escénico que estamos viendo. Por un breve instante notamos el potencial. Solo un fulgor, un amago, una anomalía. García-Tizón debe entender que hay algo más que tocar el violín o sesear cuando el fraseo ordena una españolada. Y no se ve la conexión con sus compañeros. Más allá de las deficiencias en la dirección y la disparidad de las actuaciones, está el meollo de la historia. Reitero que por momentos la musicalidad de las palabras es envolvente, lírico,  pero insuficiente para cuajar una historia sólida como se pretende. Eso explica el final dulcificado. Prácticamente un llamado a la conciencia, un alegato lleno de sentimentalismo, un desborde de llanto y llamado a la paz interior. ¿Cuándo se va entender que uno va a las salas a ver actuaciones, historias, ficciones? Casi saco el pañuelo después de oír sus lamentos y exclamaciones de hermandad. El teatro no es una tribuna para la sensiblería.