OPINIÓN | Rubén Quiroz Ávila: Hijos de la guerra

21 Febrero, 2020
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¿Cuál es la guerra? ¿Hijos de qué guerra? Es una guerra gringa, para comenzar. La historia forma parte de los dramas aparentemente antibélicos que suelen brotar en ese contexto. Pero no es contra la guerra. Más bien contra el relato que está detrás de aquellos que justifican defensa del bien común, sin embargo, no son consistentes en la cotidianeidad. Va contra la idealización de ciertas épocas que suelen ser edulcoradas por el recuerdo. O sea, un grupo de estudiantes universitarios que conviven con sus contradicciones existenciales en pleno combate contra Vietnam. Si, esa invasión que les costó tan caro a los norteamericanos. Y, bajo ese pretexto de una generación etiquetada como de amor y paz, en realidad se esconde esa inmensa fractura entre lo que se dice y practica. Del dicho al hecho hay mucho trecho, reza el viejo refrán. Y eso es lo que sucede. Una supuesta generación lleno de ideales y ansias de cambiar el mundo. Pero nadie puede modificar el mundo si no lo hace primero consigo mismo. Y esa es la paradoja.

La puesta, como corresponde, está cargada de energía juvenil, incluso hasta el despropósito. En muchas escenas se canaliza adecuadamente, pero en otras la desproporción se hace insufrible. Principalmente, las ligadas a la sexualidad. Una cosa es el trabajo escénico bien pauteado y otra, por darse de rebeldes y sin marcos de comportamiento, rocen lo chabacano. Considero que esos fragmentos escénicos son los que tienen que eliminar. Con música en vivo, para ahondar la verosimilitud de esta obra de Michael Weller, le da un aire melancólico y planea la atmósfera de esa utopía extraviada. Es decir, lo que parece ser un grupo de seres humanos creciendo con sensibilidad profunda y siendo conscientes de todo aquello que daña a la humanidad, estamos más bien ante seres sin escrúpulos, cínicos e irresponsables. Se rompe el estereotipo de una cultura perdida llena de amor y blues, abundante en rock y ampliación de las puertas de la conciencia. El hipismo, según lo que notamos en las acciones, es solo una estafa romántica. Ese es el valor de lo que vemos en la sala del renovado Teatro Julieta, que desmonta muchos clichés, además, visto desde las nuevas generaciones que, de ese modo, cuestionan los moldes de las generaciones anteriores como si fueran el clímax de toda aventura de solidaridad y afecto compartido. Efectivamente, no lo es. Mucho de ello es una construcción que se allana a un modelo de idealismo cuya fabricación es un resultado de intereses planificados.

Esta puesta dirigida por Giovanni Vidori es un buen intento de ajustar cuentas con las formas engañosas de la historia, de enfrentarse a los espejismos históricos con ardor, de separar lo real de aquello que no es sino una proyección fantasiosa. Y eso es mucho de nuestra historia acontecida. No es así como nos lo contaron. La realidad, la verdad, tiene un poder disolvente, esa es la tesis de esta entusiasta, energética, acometedora puesta.