OPINIÓN | Rubén Quiroz Ávila: “Edgar Guzmán (1935-2000)”

1 Junio, 2020
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Hubo un tiempo en que la filosofía y la poesía eran lo mismo. No había mayor diferencia. En el mundo Occidental sus orígenes son presocráticos. Heráclito, El Oscuro, era una manifestación de esa magnificencia de la palabra entre el ritmo y la gnosis. Nunca dos veces por el mismo río, parece que dijo el maestro griego. Ese verso era también una forma de conocimiento. Es que la poesía puede ser eso. Una aprehensión, un intento de retener lo incognoscible, un zarpazo a la realidad. Guzmán, el poeta-filósofo arequipeño, lo tenía claro.

En 1987 publica Perfil de la materia y su tino transbarroco aparece: “El pozo gira insomne alrededor/de su agua tribulada. En el fondo, tañendo,/colmado campanario se repliega en su música”. La poesía transbarroca es una de las características de la poesía peruana, la más grandiosa por su ambición lingüística, la más sistemática e implacable con su megaproyecto de abarcarlo todo. A esa tradición, que la cultivan pocos, pertenece este maestro del lenguaje. Es que la palabra no solo es un campo de batalla literario sino un escenario bélico que define lo real de lo irreal. Esa es la dimensión de la que está compuesta la poética de Guzmán. Como bien lo atestigua, ya en clave más metafísica y ceremonial, Rondando la Casa de Dickinson (1990): “Vuelvo del norte a ti, vuelvo del cierzo/ a tocar tu ecuador con un incendio (…) Corre, Emily, que soy aquel por el que crece tu claustro en la lomilla”. Es un homenaje a la poeta norteamericana, por la estancia de estudios en Ahmherts, Massachusetts, que pasó Edgar junto su esposa Teresa Arrieta, otra notable filósofa peruana.

Sin embargo, la cúspide de su proyecto literario es definitivamente Trilogía del mar (1993): “Y lo hallaste por fin, intenso, nítido:/ todo un mar circulando en una caña/todo un mar retronando con una huracanada/ música de armonías imposibles para un oído”. Pocos poemarios en el Perú tienen ese fraseo hechicero, esa penetración en el lenguaje, esa disputa por encontrar niveles de expresión apenas intentados con las palabras. Es un libro épico, un summum, una clase maestra de cómo hacer poesía. Todo aquel que se inicie, debe leer este texto y deshacerse de esos burdos y simples intentos que propone la poesía conversacional. Guzmán debería estar entre los resplandecientes poetas de nuestra historia de la poesía peruana contemporánea. El mayor de nuestros reconocimientos.