OPINIÓN | Rubén Quiroz Ávila: Camasca

Es como si fuera políticamente correcto premiar a obras que referencien a lo andino.
21 Junio, 2019
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Esta obra, ganadora del último premio de dramaturgia “Ponemos tu obra en escena” del Británico, está hecha con los restos de su interesante y detallada novela El espía del inca (2018), un policial muy imaginativo sobre una época de la historia peruana poco trabajada. Los acercamientos al incanato suelen ser o muy fascinados por el mito casi turístico de nuestro pasado o sumamente apologético, como si se tratara de nuestro paraíso perdido. Incluso, sobre ese modelo de reconstruir una era fundacional para nuestra peruanidad, se han imaginado zonas culturales de pureza, más dadas a justificar un inventado paradigma imperial lleno de claves adánicas. La tesis de quienes defienden a los incas como una cultura utópica ha cimentado en mucho nuestra bibliografía, sugestionada de nostalgia imperial. Están, por supuesto, quienes más bien la denostan, como resultado de la estrategia de colonización. En eso fueron claros los primeros cronistas españoles donde construyeron un falso dilema: civilización o barbarie. Por supuesto, los civilizados eran los europeos.

Es por eso que esta obra tiene un problema desde el saque. Se basa en la crónica Suma y narración de los incas (1551) de Juan de Betanzos, uno de los consejeros más importantes de Pizarro. Por lo tanto, a pesar de haberse emparentado con las panacas locales, sabemos que era una táctica de neutralización social y acceder a información privilegiada. Es decir, la obra temprana de Betanzos forma parte del corpus textual de justificación de la conquista. Sin embargo, la obra de Rafael Dumett intenta, supuestamente, humanizar a Atahualpa y su corte. Sin embargo, reafirma el axioma de Sepúlveda en su disputa con Las Casas, de que los nativos americanos son idólatras, salvajes, caníbales, abusadores, tiránicos, alejados del dios occidental, unos pérfidos incluso con sus pueblos sojuzgados. Por eso vemos en escena un despliegue de eurocentrismo que caricaturiza hasta los rituales hechiceros. La mano del director Daniel Goldman acentúa esa visión del conquistador. Solo así puede explicarse ese intento vacuo de postmodernidad donde el emperador inca está más cerca de un drag queen que un soberano hábil políticamente y majestuoso simbólicamente. Por lo tanto, para nada favorece suponer que vestirlos de esa manera, como parte de un carnaval barranquino, profundice la psicología sobre el poder y la legitimación de esta.

De esa manera, lo que se mueve en las tablas es dispar. Los buenos actores, como Marcello Rivera o Anaí Padilla son desperdiciados desde el comienzo. Antes de empezar la puesta hay un falso proemio de una elección aparentemente azarosa. Se desperdicia un valioso tiempo para hacer conexión con un introito lúdico innecesario y banal. Incluso Irene Eyzaguirre, que suele tener energía consistente, se hunde en el caos de un intento que más sucede en la propia imaginación de los actores que su despliegue en el proscenio. No se le ha dado los elementos de la dirección para canalizar y amalgamar a esa tropa diversa. Es como si fuera políticamente correcto premiar a obras que referencien a lo andino (deberían cambiar al jurado del Británico, para comenzar, no siempre deben ser los mismos) y pensar de llevarlo a escena con más taras que respuestas inteligentes a nuestros nudos culturales.