Opinión | Julio Schiappa: ¿Aquí no pasa nada?

13 Noviembre, 2019
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La ola de conflictos que hoy se presentan en América del Sur es tan intensa que parecería marcar el inicio de una ola revolucionaria. Esto es, un cambio de sistema social y político, que lleve al cambio del poder y la economía de un sector social a otro. No parece ser así, la ola de protestas no tiene una organización política y un programa que se plantea dar el giro a una revolución. La gente pide reformas, mejoras a su vida, no un cambio del sistema.

Los movilizados, en el caso de Chile, expresan pedidos y medidas de cambios profundos en el status de las personas, su dignidad y su identidad como ciudadanos y consumidores. No deciden tirarse abajo el sistema, pero sí conseguir concesiones con el pueblo movilizado. El más importante, resultado del paro nacional de ayer, llevaría a un plebiscito para convocar a una Asamblea Constituyente u otros mecanismos similares. Otras demandas, posiblemente terminen con las AFP, generen reformas en la seguridad pensionaria, mejoras en los servicios educativos y de salud. La gente sigue vigilante en la calle, atenta al menor movimiento del gobierno de Sebastián Piñera. No será revolución, la gente solo pide reformas dentro del sistema, pero ya parece la Primavera Árabe. ¿Cuánto seguirá Piñera en el poder con toda la población en las calles?

Bolivia, la que fuera la sociedad más pobre de  América antes de Evo, señala una característica común a estos movimientos: no es posible hacer fraudes electorales y salirse con la suya.

La caída de Evo Morales sería el resultado del despecho, el sentimiento más violento y destructivo del que somos capaces los seres humanos, según el sicoanalista francés Phillipe Braud. Ira muy violenta contra un mandatario que había reivindicado las razas e identidades de toda una nación, pero que defraudó al no respetar la dignidad del derecho al voto con un fraude. Violentó la identidad ciudadana. La misma que él había fortalecido en sus 3 gobiernos democráticos con la prédica de la equidad, igualdad y soberanía del pueblo sin distinción de razas. Fue víctima de huestes opositoras, compuestas por una parte de los ciudadanos, que antes lo apoyaban, y, por una derecha que tomó la oportunidad para generar, en los hechos, un golpe de estado. Dura lección, no es posible burlarse del derecho al voto de un pueblo, le apedrearon su casa e incendiaron las de familiares. Terrible.

El Perú parece haberse librado, por ahora, de una conflagración de proporciones como las de Chile, Ecuador y Bolivia. Este analista tiene la personal apreciación de que el proceso de elecciones del Perú, convocado por el presidente Vizcarra, ha servido de válvula de escape a la presión social.

En nuestro país hay condiciones muy claras de desigualdad, quizás peores a la de Chile. Hay mayor desigualdad económica, una persistencia de condiciones laborales extremas como la jornada de 12 horas, discriminación generalizada de los sectores informales, desocupación juvenil y pésimos servicios públicos. Todas razones para el despecho y la rebeldía. Sin embargo, el lugar de vanguardia del Perú en el mundo, en la lucha anti corrupción y las reformas políticas nos extiende un crédito temporal hasta el 26 de enero del 2020.