OPINIÓN | Jorge Solís: “El presidente electo y la segunda reforma agraria”

"La reforma agraria de Juan Velasco Alvarado resultó un fracaso, el modelo de las cooperativas agrícolas, las SAIS, fueron un fiasco, a despecho de lo que sostiene Francke".
23 Julio, 2021
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El hoy presidente electo Pedro Castillo ha sido enfático en afirmar durante la campaña que uno de los ejes de su plan de gobierno será el inicio del proceso de una “segunda reforma agraria”, propuesta ratificada por Pedro Francke, vocero económico del equipo técnico de Perú Libre y voceado ministro de Economía; sin embargo, no ha quedado claro en que va a consistir esta reforma. Hueramente, han sostenido que se trata de crear infraestructura vial, tecnificación, crédito, etc. para el sector agrario.


Veamos el caso de Bolivia, para tratar de develar el trasfondo de dicha propuesta, a la luz del “efecto espejo”. Al instaurarse la nueva Constitución, que funda el Estado Plurinacional de Bolivia, se limitó la propiedad de la tierra a 5,000 Hectáreas y se impulsó un proceso de distribución y redistribución de tierras; para el efecto, se creó el INSTITUTO NACIONAL DE REFORMA AGRARIA (INRA) Y el Viceministerio de tierras, inspirado en la filosofía de evitar el modelo agrario de acumulación capitalista. Hoy en día, la poderosa Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB), exige al gobierno de Luis Arce la nacionalización de tierras.

La reforma agraria de Juan Velasco Alvarado resultó un fracaso, el modelo de las cooperativas agrícolas, las SAIS, fueron un fiasco, a despecho de lo que sostiene Francke. No se logró el propósito, por el abandono en inversión, tecnología e inversión, el campesino sigue siendo pobre; en fin, son lecciones de la historia que no se deben repetir.


A contracorriente, se ha generado un sector agroexportador no tradicional prometedor, que responsable de 800,000 puestos de trabajo y aporta al PBI 5.5%, es el segundo productor de divisas después de la minería; lo que se tiene que hacer es fomentar el desarrollo agrario en su conjunto, propiciando la asociatividad en el campo, la innovación, el acceso al crédito, mejora de infraestructura y tecnología, productividad y competitividad. Esto pasa por mejores políticas de Estado, lejos de ideologías trasnochadas; es decir, por de una economía social de mercado inclusiva, orientada a cerrar las brechas sociales y económicas en el campo y la ciudad.

Los nuevos tiempos exigen un mensaje claro, despojado de clichés, como una “segunda reforma agraria”, que tiene un sabor y tufillo extraño, que sabe a réplicas de extramuros.

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