OPINIÓN | Carlos Jaico: “Para fortalecer nuestra democracia participativa”

"Al alejar a aquellos que podrían aportar conocimiento y altura en la política, se abren las puertas a los saltimbanquis y arribistas".
3 Septiembre, 2020
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Según la Oficina Nacional de Procesos Electorales (Onpe), el padrón de electores hábiles en el Perú es de 24,799,384. Por su parte, el Registro de Organizaciones Políticas (ROP) indica que a la fecha existen 24 partidos políticos con inscripción vigente, haciendo un total de afiliados de 1,593,697. Esto quiere decir que únicamente el 6.4% del padrón electoral está afiliado a un partido político.



Estas cifras deben ser aún menos debido a que, desde finales del 2019, se ha destrabado el burocrático procedimiento para desafiliarse. También están los afiliados “sin saberlo”, cuya sorpresa es grande al verificar en el ROP que alguien los afilió sin su consentimiento. Algunas decenas de miles deben aún estar en esta situación, lo cual hace una militancia ficticia en algunos partidos.

Finalmente, existen los que pese a estar inscritos ya abandonaron la militancia hace algunos años y no se han desafiliado todavía. En resumidas cuentas, es un pequeño grupo de ciudadanos el que hace funcionar los partidos políticos inscritos. La atomización de partidos políticos, al fin y al cabo, tampoco ha permitido que las ideas converjan en programas políticos, como lo exige el artículo 35 de la Constitución política. Pero existe también una actitud más perniciosa que mina las bases de la democracia: la incesante critica, insultante y denigrante hacia la labor política.


Si bien es cierto que existen políticos que no merecen la menor simpatía por sus actos, estos son los menos. Por ellos, la crítica destructiva y el agravio se generalizan y extrapolan, alejando valiosas mentes. Porque, ¿quién quisiera ver mancillada su honra y reputación profesional? Al alejar a aquellos que podrían aportar conocimiento y altura en la política, se abren las puertas a los saltimbanquis y arribistas, generando otra pandemia: el caudillismo y los eternos independientes que van en busca de vientres de alquiler.

Pareciera que los críticos de siempre, al ver que la institucionalidad se desmorona, felices exacerban esta situación. Pasan por alto que el elegido político tiene en sus manos la responsabilidad de decidir, y será juzgado (civil o penalmente) por hacerlo, no aquellos que lanzan soluciones sabiendo que nunca responderán si se les hace caso. Al hacer mofa de nuestras instituciones y de quienes las integran, lo único que se logra es debilitarlas. Así, la democracia sobrevive con pocos participantes directos y muchos críticos, haciéndola inestable.

Es tiempo de cambios, y la crítica -de ciudadanos y profesionales- debe regresar a su origen etimológico constructivo de discernir y analizar de manera neutral, responsable y desinteresada. Ganaremos todos como sociedad y como país.