Opinión I Miguel Humberto Aguirre: Papá

19 Junio, 2020
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Papá: Cuando soñé esta carta, supe que jamás lograría definir lo que provoca una conversación nuestra. Y sin embargo han sido nuestros diálogos, la magia de tantas noches juntos alrededor de una taza de café o una copa de vino, la raíz del sueño. Sabía que partía de esa limitación enorme, abismal y absoluta.


Se trataba entonces de imaginar, trazar y concretar este homenaje impreso que nos han pedido, de otra manera. Pensé una estructura, una forma de narrar nuestra amistad y tuve que recorrer libros, cartas, fotografías, pero sobre todo, recorrí lugares y recorrí historias. Como aquella historia que nos unió aún más, cuando sufrí una de mis mayores derrotas al no ingresar a la universidad en mi primer intento.

Aún recuerdo bien, que aquella vez, recibí de tu parte a la mañana siguiente una carta que aún conservo intacta. Escrita a máquina de escribir, pero escrita con el inmenso corazón de padre:


“Querido hijo:

Me imagino que el ánimo no es el mejor, pero como eres tan joven, debes saber que esto es parte de la vida. En la vida se gana y se pierde. También se empata, pero cualesquiera sean los resultados, nos dan una pauta de lo que hemos hecho o haremos.

Se pierde y se gana cuando se hacen cosas. Cuando nada se realiza, nada sucede.

Para un joven como tú, la vida comienza todos los días y por ello hoy, ya debes hacer proyectos para mañana.

Tienes una mamá que está llena de ilusiones contigo. Sólo empezando de nuevo cada día, la harás feliz,  pero lleno de vida, de esperanzas,  de deseos de salir al frente. Modestamente, con todos mis defectos me tienes a mí para trabajar.

Todos en casa creemos en ti. Todos sabemos de lo que eres capaz. Hoy, cada día, espero que inicies una nueva labor lleno de esperanzas.

Lo sucedido, son piedritas en el camino que un muchacho como tú sabrá sortear. Inicia este día haciendo nuevos proyectos. Inicia este día dispuesto a luchar contra lo que ayer no salió, porque todos, absolutamente todos, confiamos en ti.

Con el cariño de un amigo que te quiere mucho.

Tu papá.”

Gracias por “autorizarme” a contarle a mis amigos una de nuestras tantas historias. Cuántas razones tengo entonces para escribirte una carta y en esta noche de junio así lo hago.

Lo hago porque tu palabra desde que la escuché y entendí por primera vez, siendo yo un niño, ha sido brújula y faro para mí…

Lo hago porque fomentaste siempre en mí el sueño de ser río en lugar de ser laguna, de ser lluvia en lugar de ver llover….

Lo hago porque me enseñaste el significado exacto de la palabra amigo, explicándome que la noche siempre tiene una pregunta y la mañana siempre tiene una respuesta.

Las historias que compartimos juntos, han sido el puente que hemos construido entre tú y yo, entre lo visible y lo invisible, entre quienes somos, y quienes fuimos o nos gustaría ser. Cómo entonces, no celebrar y agradecer la oportunidad de haber podido pasar horas a mitad de ese puente, en compañía de su constructor, mirando a ambos lados, mientras se oye correr allá abajo el río lento de nuestra amistad, y donde se respira, más puro y ágil, el aire de la vida.

Muchas Gracias.

Hoy es un día en el que nos toca celebrar a ese gran amigo, a ese infaltable compañero. Es un momento en el que diferentes sentimientos se vinculan: la amistad, la nostalgia. Tal vez la distancia. Quizás la ausencia. Todo ello es, de alguna forma, parte de lo que aquí nos convoca. Es un momento en el que todos podemos compartir, como lo hemos venido haciendo en todos estos años en la División de Importaciones.  Por eso, permitámonos compartir una carta escrita de hijo a padre. De amigo a amigo. Carta, con la que espero muchos de los aquí presente, puedan sentirse identificados.

De ti y de mamá aprendí a rezar el Padre Nuestro cada noche, como también aprendí de ti a agradecer a la vida cada mañana y a “rezar” casi de memoria hasta el día de hoy, aquel poema que decía entre algunas de sus líneas….

Que suerte he tenido de nacer

para estrechar la mano de un amigo

y poder asistir como testigo

al milagro de cada amanecer…..

Que suerte he tenido de nacer,

para tener acceso a la fortuna

De ser río en lugar de ser laguna,

de ser lluvia en lugar de ver llover.

De ti recibí – cuando era aún muy pequeño – la primera novela del famoso Nobel. En mis manos dejaste “El Coronel no tiene quien le escriba”, con una dedicatoria que aún recuerdo: “A mi pequeño capitancito: De este General que quiere que lo leas. Un soldado de guardia. Tu Papá”.

De ti recibí mi primera pelota de fútbol, mi primera entrada al estadio, mi primera hoja de afeitar. Me compraste la mejor radio para escuchar mis partidos de fútbol a través de la onda corta. Me regalaste mi tan ansiado ATARI.

De ti aprendí los mejores versos para dedicárselos a una enamorada. Aprendí a decirle por ejemplo que muchas veces…

Quisiera ser un mago fabuloso

para trocar las rosas por estrellas.

Dejarlas en tu almohada sigiloso,

que iluminen tus sueños todas ellas.

De ti aprendí a compartir juntos la mejor copa de vino. La compartimos en medio de tantas conversaciones, de tantas historias, cuando recuerdo aún que siempre me decías….

Hijo….

El vino puede sacar

cosas que el hombre se calla.

Cosas que queman por dentro,

cosas que pudren el alma

de los que bajan los ojos,

de los que esconden la cara.

De ti recibí la mejor carta ante mi primer gran fracaso en la vida. Aún la conservo. Aquella carta escrita a máquina de escribir y en la que me recordaste que “…la vida comienza todos los días. En ella se gana y se pierde, pero cualesquiera sean los resultados, nos dan una pauta de lo que hemos hecho o haremos…”. Por eso, de ti muy bien aprendí que “…hay tantas cosas para gozar y nuestro paso por la tierra es tan corto, que sufrir es una pérdida de tiempo…”.

Papá… Tú me enseñaste a comprender aquella mañana fría de mayo la partida de mi mejor amigo. Me enseñaste que…

Cuando un amigo se va

queda un espacio vacío,

que no lo puede llenar

la llegada de otro amigo.

Que…

Cuando un amigo se va,

queda un tizón encendido

que no se puede apagar

ni con las aguas de un río.

Y es verdad. Qué cierto es todo aquello!!!.

De ti heredé tu nombre, tu apellido, tu pasión por el fútbol y el teatro. Pero también heredé, según mi espejo, tu pelo cano

Cuántas cosas compartidas. Cuántas historias. Y, en realidad, cuánto hemos cambiado. Las fotografías, los espejos y algunas huellas en nuestros rostros, en nuestras manos, así lo dicen. Y tal vez también, cuántas veces nos hemos distanciado por aquello que muchos dicen: “… es parte de la vida…”, porque bien sabemos, que todos somos pasajeros,  somos como destellos en la noche.  Este mismo otoño – gran maestro de las estaciones – se encarga de enseñarnos que envejecer y declinar es bello, esplende con el máximo de intensidad en el momento mismo de eclipsarse, igual que las estrellas que, cuando colapsan, estallan en un espectáculo pirotécnico de adiós.

Papá… ahora que termino de escribir esta carta, acaba de concluir el amanecer cuando ya escucho el primer canto de un pájaro que irrumpió el silencio del alba. Ese silencio, que sabe más de nosotros que lo que nosotros de él. Ese silencio que sabe tanto de nuestra amistad como de nuestros caminos. Ese silencio que podría decirte muchas veces que te extraño. Aquel silencio que podría contarte cuanto te quiero, y que también alcanzaría – incluso – a decirte algo más que eso y que seguramente jamás he pronunciado. Tal vez, porque está prohibido por las reglas idiomáticas de la sociedad decirle al amigo “Te amo”,  pero al parecer – muchas veces – el idioma del alma, así lo exige.