OPINIÓN | Giancarla Di Laura Morales: San Marcos y las constructoras

Ya se ha dicho bastante sobre la lección de dignidad que los estudiantes y egresados de San Marcos, nuestra primera universidad, le han dado al país la semana pasada.
22 Septiembre, 2019
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Por Giancarla Di Laura Morales / investigadora y critica cultural.

Ya  se ha dicho bastante sobre la lección de digni­dad que los estudiantes y egresados de San Marcos, nuestra primera univer­sidad, le han dado al país la semana pasada. Como se recordará, muchos se unieron en su oposición a continuar las obras viales iniciadas el 2008 durante el mandato del entonces alcal­de de Lima Luis Castañeda Lossio, cuestionado varias veces por corrupción. La po­licía arremetió inicialmente dentro del campus y arrojó gases lacrimógenos incluso en pabellones alejados de la Avenida Venezuela. Los estudiantes reaccionaron tomando las pistas aleda­ñas y formando un cerco humano de miles que ponían el pecho al frente, aun a riesgo de ser golpeados o baleados (como pedía un oligofrénico profesor de psicología).

El actual alcalde, Jorge Muñoz, y el rector, Orestes Cachay, tuvieron que retroceder en sus intenciones de terminar el elefante blanco que ha quedado abandonado debi­do a una mala planificación inicial. Esta contemplaba qui­tarle 9,000 metros cuadrados a la Ciudad Universitaria y, de paso, afectar seriamente los restos arqueológicos que se encuentran dentro y son motivo de constante inves­tigación, entre otros efectos dañinos.

El problema parece, pues, re­suelto, y se irá a una mesa de diálogo, con plena transparen­cia y participación estudiantil, pese a que la expansión vial y el proyecto de la Línea 2 del Metro de Lima y Callao siguen pendientes y el tránsito no ha mejorado. Desde afuera, pare­cería que se trata de una brava­ta estudiantil, una expresión irracional de pura oposición a un sistema maligno, au­toritario y abstracto que no consulta con los estudiantes, insultándolos así indirecta­mente. O sea, para muchos, todo este asunto se reduciría a un juego de orgullos.

Pero la cosa es distinta. Aquí lo que se está cuestionando no es la simple posesión de 9,000 metros cuadrados, sino la capacidad moral de un es­tado que sabemos corrupto y en el que las constructoras han tenido un papel determi­nante en la enorme pérdida de confianza que una buena parte de la población siente  hacia las autoridades. Con varios presidentes presos y otros investigados por los sobornos de Odebrecht, la OAS, G&M y demás corpora­ciones, aceptar alegremente las ampliaciones viales es una traición a los principios bási­cos de cualquier universidad, empezando por el ejercicio del pensamiento crítico y el derecho a hacerse oír y cues­tionar lo cuestionable. Lo que se busca es otra solución, una que no afecte la autonomía ni la integridad universitaria y a la vez arregle a largo plazo –con las cuentas muy claras– el problema del transporte, sin sacrificar el milenario patrimonio cultural.

Estos muchachos no son para nada ingenuos y tienen todo el derecho a desconfiar de lo que, en la práctica, es una dictadura neoliberal. Ojalá que de entre ellos salgan los futu­ros presidentes, ministros, alcaldes y legisladores de nuestro sufrido Perú.