Opinión| Edwin Sarmiento : Cosas de la Vida

En la vida hay que ser agradecido con las personas que nos dieron una primera oportunidad
4 Octubre, 2019
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En la vida hay que ser agradecido con las personas que nos dieron una primera oportunidad. Y esa primera se me presentó hace 50 años. Oportunidad que me cambió la vida. Y me hizo periodista, noble oficio con el que mi existencia cobró sentido. Este uno de octubre hemos celebrado el Día del Periodista. Vino a mi memoria el rostro sonriente de Patricio Rícketts Rey de Castro que una mañana recibió a un muchacho audaz, sin conocerlo, y le hizo sentar en un mullido sillón de cuero, en su oficina amplia, alfombrada y con aire acondicionado, en un segundo piso para extenderle la mano. El muchacho era yo y Rícketts Rey de Castro era el jefe de la página editorial del diario Correo de Lima. Por ese tiempo yo estudiaba en la universidad para profesor. Leía libros de Pedagogía, pero también novelas, poesía y teatro. Y en el Perú iniciaba su gobierno el general Juan Velasco Alvarado, luego de sacar al presidente Belaunde en calzoncillo de Palacio de Gobierno. Diez meses atrás se había producido el golpe de Estado, el tres de octubre de 1968. Había expropiado a la IPC (International Petroleum Company) y declarado el nueve de octubre Día de la Dignidad Nacional. Los muchachos de la universidad empezábamos a ver con asombro lo que hacía el militar y yo seguía leyendo a Marx y después a los existencialistas, porque preparaba mi tesis sobre el existencialismo literario. Leía con avidez a Sartre, Camus, Unamuno, Heidegger, a Simone de Beauvoir. Y escribía comentarios sobre ellos para mi consumo. Hasta que una mañana me vi ingresando al diario Correo.

Qué se le ofrece, me dijo Rícketts Rey de Castro. Doctor, quiero publicar mis artículos, le respondí. Déjeme los que tenga, me interesan comentarios culturales, escuché que dijo mientras me preguntaba qué, dónde y por qué estudiaba para profesor. Al día siguiente retorné y le dejé tres artículos de esos que yo acumulaba luego de leer mis libros. Vi que se quitó los lentes para mirarlos, se detuvo en uno en particular, asintió con la cabeza y yo casi sin respirar, al borde de la asfixia. Déjemelos y siga escribiendo, me dijo. Las dos semanas siguientes fueron mis días de sufrimiento. No salía nada. Ojeaba el diario en un quiosco cercano a mi universidad y me llenaba de tristeza. No encontraba mi trabajo ni por asomo. Hasta sentía que el vendedor de diarios empezaba a mirarme con compasión. Una mañana, desmoralizado y casi con desgano, busqué la página editorial. Allí estaba. A página entera se lucía mi primer artículo: “Casual encuentro con Javier Heraud”, decía. Era el título que se me había ocurrido. Yo hablaba con el poeta guerrillero a través de sus poemas más logrados. Ya feliz destiné el dinero de mi movilidad para comprar dos ejemplares y tuve que retornar a pie a mi pensión, caminando 30 cuadras con una neblina intensa. Después de convertirme, por dos años, en editorialista en el diario, Rícketts Rey de Castro me preguntó un buen día si me quería dedicar al periodismo. Al escuchar mi respuesta, me tomó del hombro y me llevó al otro extremo del edificio. En el trayecto dijo que me iría bien en el oficio, casi como alentando mi decisión. Al ingresar a la sala de redacción me llamó la atención lo grande que era y que los periodistas fumaban mientras golpeaban ruidosamente las teclas de sus máquinas de escribir. Edwin colabora conmigo ya dos años, quiere ser periodista, a ver qué dices, dijo mi mecenas a quien lo había recibido. Era Jorge Merino, el jefe de redacción. Desde entonces, recorrí diarios y revistas escribiendo. Troté calles, entrevisté personajes, viajé por el Perú, atrapé primicias, gocé como niño en este oficio que me dio satisfacciones en la vida. Y fue Patricio Rícketts Rey de Castro, un arequipeño de abolengo que ahora debe tener 95 años, quien me dio esa primera oportunidad. Gracias, doctor.