OPINIÓN | Edwin Sarmiento: Cosas de la vida

Cuánta vida tiene pues este viejo molle con más de siglo y medio de existencia. Y pensar que todo en él era inmenso, interminable, impo­nente para mis ojos de niño.
20 Julio, 2019
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Ahí está el molle, el viejo mo­lle. Solemne como era, aunque el tiempo hizo lo suyo convirtiendo sus hojas en sombras que apenas se mueven con el viento. Lo recuerdo frondoso, lle­no de vida, siempre verde, llueva o haga sol, qué importa. Había llegado a casa con el abuelo de mamá, que era arzobispo de Huamanga, una tarde a fines del siglo XIX. Él plantó la semilla en el centro del patio de la casa en Soras, entre la cocina que miraba hacia el norte y mi dormitorio, cuya ventana apuntaba hacia el sur. Confieso que a los nueve años recién conocí al viejo molle que habría de cobijar mis sueños, en mis vacaciones de colegio, hasta los trece años en que partí a Lima para siempre. Él me vio nacer, pero no crecer. Me dio su sombra, cuando lo necesité de niño, y ahora sigue en pie, negándose a caer en el olvido. Sus ramas que en otros tiempos se vestían de rojo escarlata se aferran al tiempo y languidecen. Ha sido testigo de mis ausencias, compañero silencioso, notario de mis penas.

Recuerdo que por las noches acudía a él para treparme presuroso y dejar­me atrapar por sus brazos largos. Jugaba con ellos, conversaba con ellos y les pedía me sostengan mientras yo fisgoneaba a Sonia, una niña blanca y hermosa a quien contemplaba enamorado cómo cogía duraznos en el huerto vecino. En sus ramas se posaban también, al caer la tarde, las palomas que venían, en bandadas, del sur y mamá decía que eran mensajeras de la buena suerte. Sus frondosas ramas soportaron también mis llantos y me dieron protección con sus sombras de las iras maternales por alguna leve travesura. Y mientras mis padres se ausentaban de casa, servían igualmente para dar cobijo a mis tempranos y furtivos encuentros de cara al amor.

Ya casi había olvidado que un día de lluvia me separé de él para siempre. Era marzo en que debí volver a Lima para continuar mis estudios en el colegio. Nunca imaginé que medio siglo después, Óscar Medrano, ex­traordinario reportero gráfico de la revista Caretas, ayacuchano como yo mismo, me habría de traer el testimonio fotográfico de lo que queda de mi viejo molle, protegido por piedras de río en el centro del patio de mi casa, que ya no es mi casa. “Te traigo una sorpresa”, me dijo Óscar, ensayando una leve sonrisa. Y ahí estaba este viejo y muy noble molle, depositario de gran parte de mi propia vida. Solazado en sus frondosos brazos aprendí a ponerle color a los días, a pintar las estrellas para no morirme de aburrimiento, a escuchar las primeras historias de almas que vagaban por los campos en busca de perdón, alabado sea el Señor.

Cuánta vida tiene pues este viejo molle con más de siglo y medio de existencia. Y pensar que todo en él era inmenso, interminable, impo­nente para mis ojos de niño lejano y solitario. Ahora que Óscar Medra­no me ha dado la oportunidad de volverte a contemplar, querido mo­lle, mi alma se ha llenado de nostalgia y una leve neblina ha cubierto mi corazón.