OPINIÓN | Edwin Sarmiento: Cosas de la vida

Hudson Valdivia es por los años 70, uno de los actores más renombrados del país, además de exhibir su talento histriónico en radio, televisión, cine y el teatro.
12 Julio, 2019
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El viernes de la semana pasada, Hudson Valdivia estuvo presente en la Tertulia del Chivo. Los periodistas Reynaldo Naranjo y Hugo Chauca pusieron su nombre en la mesa de debate al recordar anécdotas que ambos presenciaron de quien fuera, por los años 70, uno de los actores más renombrados del país, además de exhibir su talento histriónico en radio, televisión, cine y el teatro de la época. Toda una leyenda. Fue muy querido y aplaudido, hasta que una mañana lo encontraron muerto en su habitación del Cercado de Lima. Era mayo de 1993. Hudson declamaba también a poetas de la talla de Alejandro Romualdo, Manuel Scorza, Federico Barreto, César Vallejo, entre otros. Grabó poemas musicalizados de tremendo impacto. Y aquí empieza la historia, contada por el poeta Naranjo: a pocos minutos de empezar la función en el teatro Segura, que anunciaba la interpretación de la poesía del inmortal Vallejo, llegó, ofuscada y colérica, su viuda Georgette de Vallejo para tratar de impedir el recital, porque ella consideraba un crimen musicalizar al autor de los Heraldos Negros, Poemas Humanos, Trilce. La gente ingresaba al teatro y ella vociferaba preguntando quién era el promotor de este despropósito. “A Vallejo no se le pone guitarra”, decía. Hudson se hallaba en su camerino en ese momento hasta que se enteró que una señora preguntaba por él en el frontis del teatro. Al salir se encontró con una viuda desatada por la ira, despotricando del promotor de “muy mal gusto”. El actor la encaró. Y ella exigió la presencia de la policía para impedir el recital. Llegó primero un subalterno, pero no entendió lo que sucedía. Aturdido, el policía pidió refuerzos de la comisaría de Monserrate. Y se hizo presente un capitán al mando de tres policías más. Luego de escuchar los gritos desaforados de Georgette y los argumentos del actor, el oficial zanjó por lo que él creía más justo: vea, señora, dijo, dirigiéndose a la reclamante. Dice usted que su esposo don César Vallejo no permitiría que esto ocurra. Mejor, usted, regrese a su casa y venga con su esposo para que se arreglen el problema entre ellos, dijo el capitán, señalando a un desconcertado Hudson Valdivia. Vallejo había muerto 40 años atrás.

Hugo Chauca, exejecutivo en Panamericana Televisión, recuerda otro hecho: Hudson Valdivia había muerto, en total soledad, después de largos años de bohemia por bares de Lima, entre ellos el Queirolo de Quilca con Camaná. El actor solía pasar largas horas de su existencia final, bebiendo. Y sus amigos más cercanos eran los poetas, escritores, pintores y artistas que frecuentaban el Queirolo. Chauca llegó al velorio con una corona de lágrimas y no encontró a nadie. En momentos que el féretro iba a ser introducido a la carroza, se aparecieron los poetas de Hora Zero y reclamaron el cadáver, antes de ser trasladado al cementerio. “Él nos prometió tomarse el último trago con nosotros. Tenemos que llevarlo”, dijeron. Al ver que el chofer se negaba al pedido, Chauca le extendió un billete de 50 soles y le hizo cambiar de opinión. Todos se dirigieron hasta el bar Queirolo. Los poetas habían unido tres mesas para que el cuerpo descanse mientras se hacía el último brindis, la del estribo. Al ver que el tránsito amenazaba por el angosto jirón, la policía advirtió que si los poetas persistían en su empeño, se llevarían al muerto con carroza y todo a la comisaría. Los vates, entonces, rociaron, presurosos, el ataúd con ron Cartavio en la calle y se despidieron del actor para siempre. “Las calles son del pueblo, el arte nunca muere”, gritaron a modo de despedida.