OPINIÓN | Eduardo González Viaña: “La alcaldesa de los calzones”

"En muchos altares, se culpaba de los males del mundo a las atrevidas ropas de baño, a los generosos escotes...".
26 Enero, 2022
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Apenas había cumplido una semana como reportero de “Expreso” cuando alguien me hizo saber que la alcaldesa de Lima, en su celo moralista, iba a enviar guardias municipales a la Escuela de Bellas Artes para enfundar en recatados calzones a las estatuas e imponer que también los usaran las modelos.

En 1963, Anita Fernandini de Naranjo fue designada alcaldesa de Lima por una junta militar que ansiaba atraerse las simpatías de las clases a las que doña Anita pertenecía, pues era hija del poderoso minero Eulogio Fernandini de la Quintana y, acaso, la mujer más adinerada del Perú.

En muchos altares, se culpaba de los males del mundo a las atrevidas ropas de baño, a los generosos escotes, al descocado Pérez Prado, inventor del mambo, y a la escandalosa minifalda que, cada semana, subía más que el precio de los alimentos.

La señora Fernandini hizo “obras”. Se preocupó por la limpieza. Expropió terrenos para una basílica que nunca llegó a construirse. Condecoró a la Virgen del Carmen, la ascendió a general y le entregó las llaves de la ciudad. Por fin, publicó una canción sagrada que había escrito durante las sesiones del municipio, y que se titulaba “Plegaria al Señor de los Milagros”.

Recia moralista, la alcaldesa condenó el desnudo y prohibió que los cines y las “boites” ofrecieran espectáculos de striptease. Ahora, le había tocado el turno a la Escuela Nacional de Bellas Artes.

Era yo un jovencísimo reportero del diario “Expreso”. Me puse de acuerdo con un excelente reportero gráfico a quien llamaban “Reflejos” y salimos hacia la municipalidad:

En la puerta, la primera dama de Lima aceptó conversar conmigo. No advirtió que detrás de ella había una bellísima muchacha cubierta con un lujoso abrigo de piel. Era una bailarina, y la había comprometido yo para cometer una maldad.

Mientras la señora hablaba y gesticulaba, la bonita Elsa Moreno se quitó el abrigo y posó desnuda tras de la primera autoridad para el travieso lente del fotógrafo. Obviamente nos detuvieron. Obviamente le quitaron los rollos a “Reflejos” y se los velaron. Obviamente, él se quedó con el verdadero.

Después de unas horas de detención, nos dieron libertad. La primera página del día siguiente nos consagró, y la alcaldesa se olvidó para siempre de Bellas Artes. Era el tercer día de mi primera semana de trabajo en “Expreso”.

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