OPINIÓN | Eduardo González Viaña: “Fuentelsaz y la España vaciada”

"La suya es una antigüedad silenciosa y suyos son también recuerdos y escudos y guerras que pocos recordarán porque este pueblo sólo tiene 79 habitantes".
5 Enero, 2022
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Todavía se escucha el altivo galopar de Rocinante en este pueblo de Castilla donde recibo el año nuevo. Se llama Fuentelsaz y tiene iglesia del siglo XVI, castillo medieval, calles de piedra y esplendor mudo, y por fin el más rico depósito del Jurásico en el planeta. La suya es una antigüedad silenciosa y suyos son también recuerdos y escudos y guerras que pocos recordarán porque este pueblo sólo tiene 79 habitantes.

Le pregunté a un vecino por qué las casas no tienen número y tampoco algunas calles. “Y, ¿para qué?” –me respondió– si el cartero nos conoce a todos.

Hace 2 meses Fuentelsaz estuvo de fiesta porque nació el primer niño en 20 años.

– Se le puso de nombre Pascual como San Pascual que es nuestro santo patrón− me cuenta el tío José. Y añadió que vino un obispo a bautizarlo.

– Pero la alegría nos duró poco porque los padres se han ido a Madrid. A él le han ofrecido un trabajo. Ella va a estudiar.

Como este, hay centenares de pueblos en los que se ha detenido el crecimiento de la población… y tal vez la historia. Se los llama “la España vaciada”. En esos pueblos, las tierras agrarias se han quedo sin campesinos ni pastores y los pueblos son fantasmas de pueblos. Se puede caminar horas sin encontrar gente… Aquí no hay molinos de viento ni hechiceras ni menos nigromantes. Tampoco muchachas delgadas como llaves, de voz bronca y labios dulcísimos. Ahora, hay que propiciar la entrada de los hispanoamericanos… Pero ante la España agonizante, emisarios de un pasado perverso exigen privatizar la educación, la sanidad y la seguridad social y eliminar la tutela del Estado a la par que frenar la inmigración con medidas racistas.

Cuando Franco invadió España con sus soldados árabes, un pelotón de los que marchaban a la batalla de Teruel se estacionó aquí. Entre ellos, un musulmán practicante no pudo soportar las bestialidades canibalescas que les ordenaran sus jefes fascistas. Tomó una cuerda y se ahorcó.

– Es la tumba del moro− me dijeron, frente a un pequeño túmulo. Y me hablaron también de la “maldición del moro” para explicar las voces de algunos políticos que predican el retorno a esas épocas.

– No volverá la bestia− me dicen, mientras se escucha en Fuentelsaz el altivo galope de Rocinante.

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