OPINIÓN | Eduardo González Viaña: El fin del fin del mundo

No te pierdas la columna de Eduardo González Viaña.
27 Septiembre, 2022
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Pasé el inicio de la pandemia en Lima. Había llegado de vacaciones al Perú desde Salem, Oregón, donde he sido catedrático veintitantos años, y pretendía continuar, pero la pandemia me llevó a la jubilación. Fui uno de los primeros peruanos en sufrirla. Luego de 18 días en la clínica, comencé el interminable retiro espiritual en que –recluido en casa– pensé que habíamos superado el apocalipsis y que, luego del fin del mundo, vendría un amable renacimiento de la solidaridad y el amor al prójimo.

ME EQUIVOCABA. Las empresas farmacéuticas multiplicaron hasta el infinito los precios de los medicamentos más usuales. Cuando, unos meses después, se descubrió la vacuna y los chinos nos la mandaron, el presidente Vizcarra se hizo inyectar junto con sus afortunados familiares y unos cuantos privilegiados, los que acaso él pensaba que debían quedar en el Perú.

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Y más todavía. A pesar de haber extendido su brazo para salvarse la vida, el presidente no adquirió la vacuna china para no ofender a los vendedores norteamericanos.

O sea que, a pesar del fin del mundo, los ricos se hacían más angurrientos, y algunos políticos, mostraban ser más cobardes de lo que habíamos pensado.

DE TODAS FORMAS, en las horas en que, encapuchado, hacía ejercicios en el parque colindante, soñaba yo que la vida cambiaría y que ya podría dar la mano y abrazar a la gente que más aprecio y quiero en esta vida.

Esta semana se inició con la buena noticia de que el presidente Biden declaraba el fin del Covid en su país y que los organismos internacionales mostraban que el mundo estaba en la recta de la recuperación.

Y todo eso me hace recordar lo que entonces vino a mi recuerdo: la famosa epidemia de Macondo. Allí, según García Márquez, la gente comenzó a olvidar el nombre de las cosas. Entonces, el protagonista José Arcadio Buen día “fue al corral y marcó los animales y las plantas: vaca, chivo, puerco, gallina, yuca, malanga, guineo.

POR FIN, José Arcadio plantó dos carteles. Uno decía: Macondo. El otro, Dios existe. Mañana se podrá inventar un nuevo mundo con el nombre de la comunidad a la que pertenecemos y la creencia colectiva en un Dios que también se llama Libertad, Igualdad, Fraternidad, Socialismo, Justicia, Amor, Belleza, y recibe tantos nombres como la generosidad existe.

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