OPINIÓN | Carlos Jaico: Terrorismo nunca más

No volver a las épocas del terror, implica también defendernos contra los enemigos internos de la democracia.
12 Septiembre, 2019
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Un día como hoy cayó Abimael Guzmán, cabecilla de la banda terrorista Sendero Luminoso. Dos décadas después, sigue vigente el recuerdo de los asesinatos y destrucción que su aberración ideológica causó.

Para Guzmán no fue difícil calar en la mente de sus seguidores. El Perú de los setentas era un país caótico y sin rumbo, cuyas instituciones funcionaban mal o simplemente no funcionaban. Salíamos de una dictadura para entrar a una fase de democracia constitucional, con diferencias sociales extremas. En sí, el colonialismo bajo el cual habíamos vivido hasta la independencia, dejó en su reemplazo a una aristocracia feudal que fue igual o peor. Esta élite social, hereditaria y con escaso conocimiento para gobernar, fue creando un país de injusticias y exclusiones.

No tuvimos lo que etimológicamente significa “el gobierno de los mejores” como lo planteaba Platón. Muy por el contrario. La aristocracia peruana, ociosa y terrateniente, impulsaba gobiernos basados más en el poder político-militar que en su visión de país. Mantuvieron sus privilegios, arrinconando a una población originaria la cual debía conformarse con las migajas de un Estado poco inclusivo. En ese contexto, las diferencias sociales con extrema pobreza sirvieron de sustento para que Guzmán justificara sus macabros proyectos.

Sin embargo, las condiciones de esa época que parecía superada estarían volviendo a la realidad nacional. En esta década, la clase política se confabula sin importarle el debilitamiento institucional. Sin identidad ni valores, la labor cotidiana de políticos de todo pelaje es sabotear las bases de la gobernabilidad, tratando de hacer ver al Perú como un país dictatorial y sin futuro. En crisis de representatividad, crean un peligroso abismo de desconfianza entre el ciudadano y los poderes del Estado, haciendo que los argumentos del terror vuelvan a la carga. Peor aún, las posiciones de izquierda o derecha ya no significan nada en términos ideológicos. Esto ha hecho que los partidos abandonen la batalla intelectual, dejando el campo libre a los extremismos.

Completan el cuadro los herederos de la República Aristocrática, como lo definía Jorge Basadre, quienes usan la influencia política y corrupción. Sin importarles el país, adaptan sus intereses económicos a gobiernos y dictaduras, moviendo las puertas giratorias del poder, inaugurando en este siglo la nefasta república de los hermanitos.

No volver a las épocas del terror, implica también defendernos contra los enemigos internos de la democracia. Porque, como lo decía Paul Johnson, la democracia tiene muchos enemigos y el terrorista es sólo uno de ellos.