OPINIÓN | Carlos Jaico: “La sociedad de la sospecha”

"Si antes los servicios de inteligencia tenían el monopolio de la tecnología para hacerlo, hoy cada ciudadano podría hacerlo desde un lapicero, un reloj o su celular".
17 Septiembre, 2020
https://exitosanoticias.pe/v1/wp-content/uploads/2020/09/La-sociedad-de-la-sospecha.jpg

Desde hace algunos años, la historia política está plagada de videos, audios y cuanta forma exista para tener “algo” de ese “alguien” a quien se quiere “eliminar” políticamente. Si antes los servicios de inteligencia tenían el monopolio de la tecnología para hacerlo, hoy cada ciudadano podría hacerlo desde un lapicero, un reloj, los lentes o su teléfono celular, y de un familiar o cercano colaborador. Si Bruto viviera en esta época no tendría de qué ruborizarse al ver que su traición a César ha sido hoy ampliamente superada.

Esta situación refuerza la idea que la política en estos lares, según la visión de Thomas Hobbes, aún no habría salido del “estado de naturaleza”. Para Hobbes, en los inicios de la política hay guerras, pugnas y discordia sin un poder que fuerce el respeto de los ciudadanos. En esta guerra de todos contra todos, la tiranía de las pasiones se impone y se hace cada vez más grande. Los apetitos despiertan y pugnan por su satisfacción, de una u otra manera. Esta situación genera la desconfianza de todos hacia todos, abriendo paso a la sociedad de la sospecha permanente. Y no hay institución ni país que resista mucho tiempo esta situación.

En ese caminar, los políticos se dividen ya no por bordes ideológicos o la filosofía de la sospecha (Marx, Nietzsche y Freud se sentirían halagados), sino por las escuchas del rival de turno que fuentes anónimas recabaron, vaya a saber de qué ilícita manera. De allí se tejerán conjeturas, intrigas, presuntos complots y falsos escenarios, que irán a alimentar el morbo social, mediático y el narcisismo de los opinólogos, ávidos de lanzar el “yo se los dije”. La sociedad entrará en pausa, perdiendo el tiempo en elucubraciones y ahondando su pobreza.

Más allá de estas consideraciones, el vínculo que nos une como sociedad –que podría funcionar por bondad o solidaridad- debe avanzar en el respeto de la autoridad, impulsada por la necesidad de auto conservación. Al final de este túnel, el político y quienes lo rodean deberían repensar su utilidad social abandonando la frase “el político es un lobo para el político”, para salir del estado de naturaleza en que se han sumergido.

En esto, como ya hemos tocado fondo, deberíamos experimentar una transición positiva, al recuperar el principio racional de nuestra propia sobrevivencia. Este impulso debería apoyar la construcción de instituciones sólidas, cuya credibilidad y desarrollo sean importantes para el desarrollo del Perú.