OPINIÓN | Carlos Jaico: “La hora de la Bicameralidad”

"Cierto, una mayoría que tergiverse su rol podría usar su hegemonía parlamentaria para decidir unilateralmente, sin mayor debate o consenso con las minorías".
6 Agosto, 2020
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El primer intento por regresar a la Bicameralidad fue en el año 2001 con la creación de una Comisión de Estudios (DS Nº018-2001-JUS). Sus integrantes hicieron una propuesta con una Cámara de Diputados integrada por 150 representantes y una de Senadores con 50.



La idea de base era evitar duplicidades en las funciones, privilegiando la especialización de cada cámara. Acto seguido, se encargó a la Comisión de Constitución, Reglamento y Acusaciones Constitucionales del Congreso, revisar integralmente la Constitución de 1993 y proponer un proyecto tomando en cuenta la Constitución de 1979.

Sin embargo, el 10 de julio de 2002 el Pleno del Congreso no aprobó el dictamen, dando por terminado su caminar legislativo. El unicameralismo a partir de 1992 ha conocido horas infelices por diferentes razones. Una de ellas ha sido el peligro que una mayoría, sea de oposición u oficialista, domine el espacio político.


Cierto, una mayoría que tergiverse su rol podría usar su hegemonía parlamentaria para decidir unilateralmente, sin mayor debate o consenso con las minorías.

Este proceder podría desestabilizar los fundamentos de nuestra institucionalidad. Otra de las razones sería la calidad de la legislación que la unicameralidad produce.

Y es que aún no se ha logrado una mejora en términos cualitativos y cuantitativos de los proyectos de ley. En ese sentido, fueron truncos los trabajos de la Comisión Especial Multipartidaria encargada del Ordenamiento Legislativo del 2009.

Esta situación ha llevado con el tiempo a una inflación legislativa, con leyes que no se aplican, no se reglamentan o simplemente son de carácter declarativo.

Es necesario entonces que una “cámara reflexiva” haga la labor que, en la práctica, hace el Poder Legislativo o el Tribunal Constitucional. Este fenómeno tiene graves consecuencias, porque hace que nuestro aparato jurídico sea ambiguo, complicado y disperso.

Más aún, no existe una Comisión que se encargue de depurar aquellas leyes que, por la obra del tiempo, ya no sirven. Por su parte, la Bicameralidad sufre críticas por el número de parlamentarios que se sumarían.

Sobre este aspecto, la Constitución de 1993 redujo el número de 240 a 120, lo cual es una contradicción, al reducir la representación ciudadana con respecto al crecimiento demográfico del Perú.

De cara al Bicentenario, esta nueva legislatura debe darle paso a la reforma constitucional que nos permita contar con una Cámara de Senadores, que se sume a la labor congresal desde el enfoque de la eficacia de las leyes y la visión de país.