OPINIÓN | Borka Sattler: “Epidemia de juventud”

"No pasaron tres días y se desató entre nosotras una epidemia de gripe asiática, que según los médicos habíamos traído de Lima".
15 Abril, 2020
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Hace muchos años, cuando estaba en cuarto de media en el colegio de las ursulinas, las monjas organizaron un viaje a Arequipa, Puno y Cuzco para las vacaciones de Fiestas Patrias. Éramos treinta y nueve chicas a las que nuestros padres nos dieron el permiso de viajar.



Treinta de nosotras se alojaron en el Colegio de los Sagrados Corazones de Belén en Arequipa y nueve en El Molino de Las Mercedes, que pertenecía a la familia de una de nuestras compañeras.

No pasaron tres días y se desató entre nosotras una epidemia de gripe asiática, que según los médicos habíamos traído de Lima, y no pudimos seguir el viaje. Las monjas de los Sagrados Corazones de Belén ya no podían seguir albergando a las treinta alumnas, pues las chicas debían entrar en cuarentena y la familia de nuestra amiga tuvo a bien recibir a todo el grupo.


La amplia casona llenó sus salones con camarotes traídos de la Escuela Militar y allí nos quedamos las treinta y nueve alumnas contagiadas de esa epidemia con nuestras dos monjas ursulinas. Un encierro de quince a veinte días fue lo que recomendó el doctor Bustamante, quien venía todos los días a vernos, y nos enseñó a una compañera y a mí a poner inyecciones para ayudar a las monjas que nos atendían.

Todo ese grupo de chicas en ebullición metidas en una casa sin poder salir, que gracias a Dios íbamos mejorando, era como una bomba por explotar. Las monjas impartieron deberes para todo el día en cuanto a los alimentos y el orden y la limpieza, pero a partir de las seis de la tarde podíamos asomarnos a las ventanas donde un grupo de jóvenes arequipeños nos daban serenatas todas las noches.

Me acuerdo de que, a cambio de duchas, eran los trapitos con agua y jabón o alcohol, y a cambio de lavarse el cabello era el talco que lo dejaba más o menos limpio.

Debíamos lucir acicaladas y bellas para la serenata. Poco a poco vino la salud, hasta que nuestro querido doctor Bustamante nos dio de alta. Ya las miradas con esos jóvenes desde las ventanas se habían entrelazado.

Tanto que uno de ellos fue después de varios años mi esposo y padre de mis tres hijos. Este episodio o cuento de mi vida no tiene comparación con lo que en este momento estamos viviendo, pero es el minúsculo ejemplo de una experiencia que nos dice que muchas veces de lo malo pueden venir cosas buenas.