OPINIÓN | Antero Flores-Aráoz: “Propuestas o protestas”

"El estar recluidos como monjas de clausura o monjes tibetanos, no es peccata minuta".
2 Mayo, 2020
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Ha sido como un contrasuelazo, la noticia de la postergación por una quincena de la obligada permanencia en el hogar, motivada en la pandemia del coronavirus.


Cuando al inicio de la emergencia sanitaria nacional, se nos obligó a permanecer en nuestros domicilios por quince días, a lo que se le llamó “cuarentena”, había quienes sonreían y decían que quince días no pueden ser denominados cuarentena.

Bueno pues ya pasamos los cuarenta días. Nunca habíamos sido afectados por una situación similar y, lo puedo decir con franqueza y objetividad, pues los años vividos no son pocos.


El estar recluidos como monjas de clausura o monjes tibetanos, no es peccata minuta. El país está casi paralizado y, estar dentro de las cuatro paredes de la casa, durante veinticuatro horas al día y los siete días de la semana, por varias semanas, afecta la tranquilidad, el estado de ánimo más las preocupaciones para conseguir lo que se necesita, sea alimentos o medicamentos y, ello sin olvidar las angustias respecto a si se tendrá o no trabajo al terminar la epidemia, las dudas sobre cuando ella concluirá y lo que podrá pasar con la economía del país y del globo.

A todo lo expuesto se agrega la incomodidad al no poder pagar diversas obligaciones y tener que solicitar su postergación, además de seguir incrementándose las cuentas por honrar y las tarjetas de crédito que quitan el sueño.

Sin embargo, lo señalado no es nada, si se tiene en cuenta que hay personas y familias que están sufriendo en demasía, sea al tener seres queridos contagiados y sin la atención que merecerían tener, sea porque carecen de ingresos para soportar las contingencias y efectos de la cuarentena o, porque también se encuentran aislados fuera del calor y afecto familiar.

Digo lo antes señalado, pues hay personas que permanentemente reniegan y se quejan de la situación, olvidando que existen millones de personas en situación muchísimo más precaria y sin siquiera posibilidad alguna de paliar sus penosas vivencias.

Los quejosos abundan y protestan por todo. Se quejan de los médicos porque no hay suficientes, se quejan de las enfermeras porque tampoco están disponibles como quisieran, se quejan de los mercados porque no encontraron su fruta predilecta, se quejan de la Policía porque es severa en el cumplimiento de su tarea de cuidar y garantizar que se cumpla con la inmovilización y las restricciones al tránsito.

Por supuesto, se quejan del Gobierno, como si fuera responsable de la pandemia. He sido crítico del gobierno, pero lo cierto es que, en estas circunstancias, le ha tocado la parte más fea del ejercicio del poder, tener que atender un evento no querido ni menos previsible en el mundo y, que ni siquiera está en sus manos poderlo resolver, solamente mitigar.

Encima, tener que proyectarse para cuando superada la emergencia sanitaria, haya que enfrentar la recuperación económica del Perú, en un contexto mundial que será poco amable.

Por lo señalado, sería bueno sustituir la protesta por la propuesta, siempre que esta última sea de buena fe y con conocimiento del tema. En caso contrario: cerrar la boca.