Recuerdo profundo del fallecimiento del intelectual Ciro Alegría Varona

"De tanto que le decíamos que se parecía a Edgar Allan Poe, decidió llevar bigote y, luciendo una cafarena y saco negros".
29 Mayo, 2020
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Cuando caminaba por el campus universitario, los estudiantes lo veíamos dando sus trancos saltarines, y, aunque fue gentil y amable, sus ojazos de lechuza, delataban a un nefelibata, ensimismado, adentrándose en el idealismo alemán o en un scherzo de Paganini.

De tanto que le decíamos que se parecía a Edgar Allan Poe, decidió llevar bigote y, luciendo una cafarena y saco negros, uno no podía dejar de dar un respingo por ese aire algo sombrío que se posaba en él.

En los cursos que dictó no solía tomar el toro por las astas, prefería, y el resultado era generoso, remolonear en la antesala de su objetivo, con cultísimas divagaciones, abriéndole la jaula al vagabundeo de su mente en el calor de la clase, como cuando, por ejemplo, nos contaba que para Kant –y quizás él sintió lo mismo a veces- era un martirio enseñar filosofía a los jóvenes, o sea a gente que aún no ejercía su razón y que eran tercos por naturaleza y cuyos pésimos gustos los encallaban en fatuidades.

Se ha dicho de él que era amable y que poseía raptos impredecibles, es cierto, poseía las maneras de un niño educado, pero en otras circunstancias se cernía en él un aspecto severísimo.

Una vez fue jurado de una tesis que versaba sobre un escrito que Kant no culminó interrumpido por la muerte, y a Ciro, con suspicacia, no se le cocinaba que, además, el manuscrito de la tesis hubiera viajado de Alemania a Lima.

Ese día ejerció de juez y en ese minúsculo escenario que es el recinto de una sustentación, él casi olfateaba la tesis impresa como si de un queso se tratara o el cuerpo del delito.

Pero la imagen que la mayoría tenemos de él es la del profesor que amó a los filósofos y escritores clásicos, que lo vacunó de las modas intelectuales; enarcaba las cejas censurando la falta de tino de los autores contemporáneos que escupían sobre Descartes o Platón.

Recuerdo que en el 2006 trabajé en un curso de Ética que dictó y, al entrar en su oficina, descubrí que descargaba de Internet Lazy de Deep Purple, para su hijo, dijo; yo le conté entonces del lío que hubo entre Napster y Metallica por derechos de autor, pero ese mundo le era absolutamente ajeno.

Me contó, más bien, de los apuntes que tenía sobre Cicerón y Platón, y también acerca de unos axiomas y máximas populacheras, de las que se burlaba despiadadamente, haciéndolas palidecer frente a la prueba moral de Kant.

Aunque, como filósofo, consideraba después el lado luminoso de aquellos dichos. Ese fue el origen de su último libro, Adagios. En él liberó su pluma, rompiendo con la producción estandarizada, que ahonda en lo anodino, escribió como siempre quiso y dejó de someterse a las gélidas revistas especializadas.

El libro, aunque lleva un subtítulo algo barroco (“Crítica del presente desde una ciencia melancólica”), mereció el primer puesto del Premio Copé el 2018. Un escrito sin un sistema y sin ninguna intención de asfixiar al lector siendo edificante.

Y, si bien Adagios no es una obra autónoma, pues depende de los proverbios que comenta, ahí Ciro hizo a un lado al argumentador y se permitió observaciones poéticas y mundanas, acaso las únicas importantes.