Marina de Guerra hundió buques antes que entregarlos a Chile

Uno a uno fueron dinamitados frente al Callao, entre ellos la invicta unión.
17 Enero, 2021
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Un día como ayer la Marina de Guerra del Perú, por una orden del dictador Nicolás de Piérola, procedió al hundimiento de todas sus naves, para evitar que caigan en poder de la Armada de Chile, luego de la derrota peruana en la Batalla de Miraflores, el 15 de enero de 1881.



Esa batalla se prolongó hasta entrada la tarde y, aunque el resultado ya era previsible, las tropas chilenas no ingresaron a Lima. Esperaron dos días más para hacerlo, previa intermediación del almirante francés Abel Bergasse du Petit Thouars, que abogó por una toma pacífica de la ciudad.

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En esas horas trágicas, perdida la batalla, Piérola decidió huir de Lima, pero antes ordenó al jefe de la Marina en el Callao, capitán de navío Germán Astete, que proceda a la destrucción de todos los buques para que no caigan en manos de los chilenos y aumenten su poder naval.

La decisión era terrible y Astete, con energía y valor, reunió a sus oficiales y marinos y procedió a izar la bandera nacional al tope en todas las naves, entre ellas la gloriosa corbeta Unión, que era el único buque de guerra intacto que quedaba de la Marina.

La Unión y el monitor Atahualpa, un inútil buque que no sirvió para nada en el conflicto pero que si costo más que el Huáscar, fueron dinamitados frente a la desembocadura del río Rímac, y sus restos aún pueden verse cuando baja la marea.

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Lo mismo se hizo con los transportes La Oroya, Chalaco y Rímac, este último un hermoso y elegante navío que fue capturado por el Huáscar y la Unión a fines de julio de 1879. El Rímac llevaba al escuadrón Yungay de 250 hombres, al mando del coronel Bulnes, quienes debieron rendirse ante Grau, sin combatir.

Todos estos buques, por orden de Astete y en señal de no rendición, llevaban en sus astas la bandera peruana. Fueron dinamitados, uno a uno, antes de que aparezcan los blindados Cochrane y Blanco Encalada, u otra nave de guerra chilena.

El alto mando chileno instó a recuperar lo que quedaba del Rímac y las otras naves, pero solo lograron sacar chatarra.