Javier Pérez de Cuéllar: Un peruano de talla mundial

El fallecido diplomático cambió la imagen de la ONU y su tolerancia y paciencia se encaminaron siempre a buscar un mundo mejor.
6 Marzo, 2020
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Tal vez ese hecho tuvo algo que ver. O quizá mucho. Era 1946 y hacía un año que la ocupación nazi  había terminado de escribir su historia en Francia. Así, en las insondables horas posteriores a la guerra, con sus dolores y traumas, un muy joven Javier Pérez de Cuéllar (JPC) tenía su primera misión como tercer secretario de nuestra embajada.



En esos días y meses, su labor de diplomático empezó a conocer, de cerca, los sinsabores del conflicto, de la sinrazón, de las consecuencias que eso genera en la gente. Nadie le contó lo que era intentar resurgir tras haber sido escenario de la Segunda Guerra Mundial. El flamante diplomático palpitó las secuelas en directo y supo del sufrimiento de la gente. Es probable que ahí, en esas tierras galas recientemente desocupadas, el novato Javier se haya hecho la promesa de dar todo para buscar que el mundo sea diferente.

Entonces, no resulta difícil  que el actual secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el portugués António Guterres, haya lamentado tanto su fallecimiento, ocurrido la noche del miércoles 4, a los 100 años de edad, con una frase que puede ‘pintarlo’ de cuerpo entero: “fue un líder global, notable y compasivo, y que dejó un mundo mejor”.


Eso buscó siempre Javier Pérez de Cuéllar, nacido el 19 de enero de 1920 y que llegó a ser el único diplomático latinoamericano en llegar al máximo cargo en la ONU. Había tomado la secretaría general el 1 de enero de 1981. Su labor debía culminar cuatro años más tarde, pero su flexibilidad y paciencia, su imparcialidad y equilibrio, hicieron que fuera reelegido para otro periodo, que culminó el 1 de enero de 1992.

El diplomático peruano había estudiado Derecho y conoció 110 países, llevando un mensaje de tolerancia y respeto, de justicia e interés en lograr la paz ahí en donde los rigores de las batallas parecían ganar terreno. Antes de llegar a la ONU, desempeñó responsabilidades encomendadas por nuestra Cancillería en París, Londres, La Paz y Río de Janeiro. Hasta que asumió como embajador, por vez primera, en Suiza.

Hacia 1981 volvió al Perú. Ya había sido subsecretario en las Naciones Unidas. Fue en ese momento cuando el presidente Fernando Belaunde Terry le propuso dirigir nuestra embajada en Brasil. Sin embargo, el Congreso debía validar su nombramiento. Y el juego político lideró una corriente en contra de su nombramiento.

En otras palabras, Pérez de Cuéllar fue ‘baloteado’. Tras ello, él mismo pidió su retiro del servicio diplomático. Pero la historia estaba de su lado: apenas a las semanas de ese incidente, fue elegido secretario general de la ONU, a los 61 años de edad. Nunca se quejó de los políticos peruanos que le dieron la espalda ni dijo alguna frase en venganza. La cordura fue siempre su aliada.

Entonces, el manejo inteligente de las pugnas y los enfrentamientos comenzó a bordear su imagen, justo en una época en donde el planeta aún vivía los idas y vueltas de la Guerra Fría y los estragos de diversas guerras.

Así, por ejemplo, la democratización en la cruenta y sanguinaria Camboya tuvo su sello. También jugó un papel decisivo para que las tropas soviéticas acabaran la ocupación de la indefensa Afganistán. Lo que Pérez de Cuéllar hacía era intermediar, dialogar, buscar acuerdos, tratar con los beligerantes, instar a la paz. Esa intención de su trabajo hizo que el mundo tuviera otra idea de la ONU: no era ya el organismo que dictamina o sugiere desde lejos, era el trato directo para el entendimiento y la armonía.

Durante la Guerra de las Malvinas, entre Argentina y el Reino Unido, JPC fue un intermediario constante e incansable. Luego logró que el iraquí Saddam Hussein y el iraní Ruhollah Jomeini acordaran la paz en 1987, tras un conflicto iniciado en 1980.

Su mediación en la Guerra del Golfo Pérsico provocó, incluso, que fuera amenazado de muerte. También intervino en la liberación de los rehenes occidentales secuestrados por el grupo islámico Hezbolá, en el Líbano, y su tono conciliador y su carácter repleto de serenidad fueron claves para establecer la paz entre el gobierno y la guerrilla de El Salvador.

“El carácter más importante, absolutamente indispensable de la función del secretario general es la independencia”, dijo alguna vez. Esa imparcialidad le hizo ser reconocido en el planeta entero.

Tras dejar la ONU, fue nombrado presidente de la Comisión Mundial de Cultura y Desarrollo de la Unesco, en 1992. Y tres años después postuló a la presidencia del Perú. Obtuvo el segundo lugar, tras Alberto Fujimori.

En el año 2000, en otra muestra de su vitalidad, asumió como ministro de Relaciones Exteriores del gobierno de transición de Valentín Paniagua. En 2001 fue embajador peruano en Francia.

Eficiente, precavido, prudente, tolerante, Pérez de Cuéllar es ya una leyenda imperecedera. Vivió 100 años, la historia lo recordará por la eternidad. Y, desde donde esté, el recuerdo lo tendrá siempre como un hombre que quiso hacer del mundo un lugar mejor.