EDITORIAL EXITOSA I El Gobierno no puede dejar de gobernar

Cuando creímos que por fin el Perú iniciaba, con el nuevo Congreso, una etapa de tregua (...) reapareció el pernicioso papel de algunos nuevos caciques.
8 Julio, 2020
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El viejo lema aprista, de que el Congreso es el primer poder del Estado, para sobarse de las derrotas electorales, lo han hecho suyo con entusiasmo otros perdedores. Claro que para repetirlo hay que tener representación parlamentaria, es decir, haber perdido, pero no tan duramente como para no contar con nada. Y ese resultado, a veces apretado, es justamente el origen del revanchismo que se incuba en el Congreso contra el gobierno ganador y que la piconería política se niega a digerir.

Es que Presidente solo es uno y congresistas, decenas. Y esas decenas se sienten pequeños gobernantes o al menos futuras autoridades. Importantes, poderosos y obstaculizadores. Claro que no todos, porque hay muchos que no creen ese cuento, pero sí los ansiosos de poder y de riqueza, como consta con todos los últimos gobernantes procesados y encarcelados.

Los perdedores pretenden, desde el Congreso, armar cargamontones para ser tomados en cuenta y meter de contrabando sus intereses: univer- sidades, clínicas, medicinas, usura en la banca, etc. Necesitan gritar que sin ellos no hay gobernabilidad.

Para eso se revisten de legalidad, moralidad o constitucionalidad, pero en el fondo su pelea es política: de cólera despojan de protección a instituciones claves y no tocan las de ellos.

Recordemos. Abimael Guzmán se hacía llamar presidente. Keiko Fujimori, luego de perder ante PP Kuczynski, anunció que aplicaría su plan de gobierno, ¡desde el Congreso! Su sueño de sentirse presidente paralela, fortalecido por sus conexiones con la corrupción, originaron su reclusión y el cierre del Congreso.

Cuando creímos que por fin el Perú iniciaba, con el nuevo Congreso, una etapa de tregua, de trabajo y de desarrollo conjunto, reapareció el pernicioso papel de algunos nuevos caciques.

Estos personajes han venido armando nuevos conflictos, a la sombra de la pandemia, con la aprobación de leyes desafiantes. Como sus cálculos no se cumplían, han hecho estallar uno grande, recurriendo a la venganza más primaria y elemental: quitarle al presidente Martín Vizcarra las prerrogativas de que dispone todo mandatario.

La inusitada inquina de esta nueva disputa, con sesiones apresuradas e insultos agraviantes, viene acompañada de un ingrediente clave y perturbador: las próximas elecciones generales.

En este escenario, algunos congresistas, muchos con sangre en el ojo, se han convertido en voceros, por no decir mandaderos, de poderosos y mediocres patrones de partidos, que se sienten futuros gobernantes.

No entienden ni les interesa saber que el estado de derecho y la democracia necesitan, para su existencia, puentes que permitan funcionar no la división auroral de poderes, sino la coordinación para avanzar, como en las democracias avanzadas.

Los distintos poderes realizan funciones distintas. Y las reglas han sido establecidas en la Constitución y las leyes fijas. El Presidente gobierna y el Congreso legisla. Los poderes, distribuidos en diferentes manos, se limitan y contrapesan entre sí.

Ante el abuso de un grupo que pretende convertirse en poder paralelo, el jefe de Estado se ve obligado a salir a enfrentarlo. El poder frena al poder. Más aún, si el agraviado cuenta con un mayoritario y aplastante respaldo popular.

Las banderas son claras: o creas fuentes de trabajo para los necesitados, con justicia y combate a la delincuencia, o cedes y te rindes ante la corrupción.

El problema no es alcanzar un imposible equilibrio geométrico de cuotas de poder, sino asegurar un adecuado balance de los contrapesos y limitaciones. Gobernar con autoridad. Con un Congreso que esté dispuesto a sumar y no dividir. La reconstrucción del país y la urgente lucha contra la pobreza exigen firmeza. La tarea de la hora es enrumbar bien a la nación y acelerar el paso.

Esther Capuñay