OPINIÓN | Jorge Luis Tineo: “Conciertos: Aquellos entrañables focos infecciosos”

"Estuve en el Estadio de San Marcos la primera vez que James, Kirk, Lars y Robert atronaron Lima con su arrollador volumen, en el 2010, y fue una experiencia sobrecogedora".
1 Junio, 2020
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La semana pasada, Metallica publicó, en su canal de YouTube, el concierto que hizo en Lima hace seis años, el 20 de marzo del 2014. Decenas de miles de headbangers peruanos se agolparon, aquella noche, en el Estadio Nacional para ver, por segunda vez, al poderoso cuarteto californiano.

La muchedumbre se sacudió y se sobó, cantó a gritos y se escupió durante más de dos horas de estruendoso y descomunal thrash metal. Miles de millones de “gotículas” esparcidas sin control, sin mascarillas ni distanciamientos sociales que serían, hoy, una pesadilla para los sistemas de salud en cualquier país del mundo.

¿Volveremos a disfrutar de la algarabía libre y despreocupada de esta clase de eventos masivos? La respuesta más probable es no. Y no solo en el Perú. Parece que los conciertos se convertirán en una de esas actividades humanas que quedarán encapsuladas en el pasado, como parte de aquella sociedad que tuvimos antes del Coronavirus.

Para quienes amamos la música, estar en un concierto era un ritual, una comunión religiosa y espiritual, un encuentro con tus camaradas, miles de personas a las que no conoces pero con las cuales te integras, durante una o dos horas, gracias al fuerte pegamento emocional que provee una canción, un género musical, una actitud ante la vida.

Los shows de Metallica son los mejores ejemplos de cómo se vive esa atmósfera. La banda se refiere a su enfervorizado público como “su familia” y sella esa conexión a gritos, abrazos y escupitajos al aire.

Estuve en el Estadio de San Marcos la primera vez que James, Kirk, Lars y Robert atronaron Lima con su arrollador volumen, en el 2010, y fue una experiencia sobrecogedora. He estado en muchos conciertos multitudinarios -a veces en primera fila, a veces en las tribunas del fondo, de pie o en cómodas y pegadas butacas.

Siendo 100% objetivos, es imposible que uno pretenda no sentir temor o, por lo menos, ansiedad, por la alta posibilidad de contagio que ronda en esas apretadas congregaciones. A diferencia del fútbol o el cine, que tienen opciones para reinventarse -jugar sin público o ver películas desde el automóvil- el concierto como negocio y actividad artística está condenado a desaparecer.

Recitales online o videos grabados con multicámaras y Zoom jamás reemplazarán la adrenalina y la carga emocional de los conciertos frente a miles. Los investigadores del mañana los podrían definir como “aquellos entrañables focos infecciosos”. Por suerte, podemos verlos en YouTube y recordar cómo eran.