OPINIÓN|Edwin Sarmiento: Cosas de la vida

El dos de diciembre, hace 49 años, murió José María Arguedas.

El dos de diciembre, hace 49 años, murió José María Arguedas. Nos dejó luego de una agonía de cinco días, después de dispararse en la cabeza en uno de los baños de la Universidad Agraria de La Molina, donde enseñaba. Los universitarios acompañamos, entonces, sus restos a pie, hasta el cementerio “El Ángel”, donde fue enterrado mientras su amigo Máximo Damián tocaba su violín y los danzantes de tijera, Gerardo y Zacarías Chiara, hacían sonar sus metálicas notas con tristeza, como él lo había decidido. Una bandera roja, además de la nuestra, fue colocada, suavemente, en el ataúd. Nos dejaba un tremendo escritor. El único en el Perú capaz de interpretar, tal cual, el dolor de los pobres entre los pobres del mundo andino. Fue auténtico hasta cuando escogió a quienes hablarían en su tumba, en carta dejada a sus amigos y a su editor. “No me gustan las ceremonias ceremoniosas”, dijo en su mejor español, para describir el marco como él quería que fuera su entierro.

Sufrió mucho, desde muy niño. Lo contó él en su memorable intervención en defensa de la dignidad y la literatura en 1965, al enfrentarse a sus más aguerridos críticos. “Entiendo y he asimilado la cultura llamada occidental hasta un grado relativamente alto; admiro a Bach y a Prokofiev, a Shakespeare, Sófocles y Rimbaud, a Camus y Eliot, pero más plenamente gozo con las canciones tradicionales de mi pueblo; puedo cantar, con la pureza auténtica de un indio chanka, un harawi de cosecha. ¿Qué soy? Un hombre civilizado que no ha dejado de ser, en la médula un indígena del Perú; indígena, no indio. Y así, he caminado por las calles de París y de Roma, de Berlín y de Buenos Aires”, dijo entonces.

En 1933 publicó su primer cuento, «Warma kuyay». Después vendrían novelas y ensayos en abundancia. Una de sus personajes fue Hilda Peñafiel, la niña de quien Arguedas se enamoró en Viseca a sus diez años y fue personaje en «Warma kuyay» (amor de niño) que dio pie al cuento. Logré entrevistarla un año antes de que muriera. Ella la recordó así: “Era tímido, me respetaba bastante. Pero yo me daba cuenta que le gustaba (…) Él siempre venía a mi casa. Mi mamá siempre le decía ven,  pasa a la mesa y él entraba. Lo recuerdo con su pantaloncito corto, con su camiseta toda raída y descalzo. Andaba descalzo. A mi hermano Julio le contó que un día se había metido a la huerta y al ver a mi mamá le había dicho señora, discúlpeme he venido a sacar duraznos, pero en realidad había venido a verme. José María hablaba el quechua muy bien, cantaba huaynos. Era muy cariñoso”.

 

 

 

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