OPINIÓN | Julio Schiappa: Sí a la paz, no a las FARC

A Santos lo engañaron las encuestas y el pensa­miento mágico: el triunfo era inevitable. Jamás pensó que más de 6 millones vota­rían por el no.

Por: Julio Schiappa

En muy pocos meses, el mundo ha sido testigo de enormes patinadas de polí­ticos, encuestadoras, me­dios y opinólogos para pre­decir lo que piensa la gente. El ‘brexit’.

El ‘brexit, el referéndum antimigración en Hungría, la derrota de Keiko Fujimori en el Perú, la debacle de Lula da Silva en Brasil hablan que la predictibilidad no está con la política en estos tiempos en que la gente tiene ira.

El último caso, el más es­candaloso y visible, la pelada del gobierno de Santos y las FARC con un plebiscito para darle legitimidad a un trata­do de paz de casi 300 páginas, negociado en La Habana.

Hasta el expresiden­te Uribe, militante enemi­go del acuerdo, resultó tan sorprendido que se pasó un buen rato antes de salir triunfante en la televisión. Tuvo que decir, nada más y nada menos, que ellos pe­dían negociar con el Gobier­no un mejor acuerdo de paz.

Lo que a todos les quedó claro en Colombia es que este no es un triunfo del ca­risma del expresidente Uri­be, sino una derrota para las FARC, cuyo atorrante lí­der, ‘Timochenko’, había de­dicado sólo dos líneas a pe­dir perdón a los colombianos por 270,000 muertos y 6 mi­llones de desplazados.

Al presidente Juan Ma­nuel Santos, interesado en su reelección como autor del fin del conflicto, se le escapó de las manos la fase final del acuerdo, cediendo en pun­tos que al final le dieron el triunfo al no. La gente perci­bía que no se castigaba a los líderes de la guerrilla que ha­bían matado gente, usando balones de gas con clavos, cohetes, bombas, sin impor­tarles la protección de la vida de civiles.

Santos no pareció darse cuenta, no escuchó lo que un sector del pueblo decía por calles y plazas, y que Uribe supo interpretar con sagacidad.

A Santos lo engañaron las encuestas y el pensa­miento mágico: el triunfo era inevitable. Jamás pensó que más de 6 millones vota­rían por el no.

El monumental despre­cio por el sufrimiento hu­mano en las acciones mili­tares de las FARC quedó en evidencia cuando mantuvo a civiles y reclutas secues­trados hasta por 8 años. Un acto de crueldad incalifica­ble si, como se supo, estos detenidos permanecían en­cadenados todo el día, to­dos los años de su cautive­rio, salvo cuando estaban en marcha forzada para huir del Ejército.

Por eso, la verdadera de­rrota de las FARC, según los mejores analistas colom­bianos, se produce cuando se conocieron las pésimas condiciones humanitarias en que mantuvieron a In­grid Betancourt, una ex­candidata presidencial. No había nada de revoluciona­rio en sus actos, sí mucho de criminal.

Por eso, el justo castigo del pueblo de Colombia no es al sí o al no. Es el repudio a que las FARC salgan por la puer­ta grande de la impunidad, en un escenario adonde la gente de a pie y las Fuerzas Armadas pusieron la mayor cantidad de los muertos. Jus­ticia histórica le llaman.

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