OPINIÓN | Giancarla Di Laura Morales: Grecia en Lima

Grecia Cáceres se fue del Perú a los pocos días de que atraparon a Abimael Guzmán, en setiembre del 92, buscando un respiro frente al caos de violencia e hiperinflación.

Por Giancarla Di Laura Morales / investigadora y critica cultural.

Grecia Cáceres (Lima, 1968) se fue del Perú a los pocos días de que atraparon a Abi­mael Guzmán, en setiembre del 92, buscando un respiro frente al caos de esos años de violencia e hiperinflación. Se marchó a París con un poemario (De las causas y los principios), publicado ese mismo año, y con grandes planes profesionales. Luego de haber estudiado literatura en la Universidad Católica, buscó hacer un doctorado en La Sorbona y logró culmi­narlo con esfuerzo y pestañas quemadas, como exige la vocación. Pero el gusanito de la creación la roía más adentro que el de la crítica y así fue como dedicó sus años posteriores a cons­truir una obra novelística de gran valor. Eso sí: nunca abandonó la poesía, como hacen tantos autores.

Grecia se encuentra en Lima en estos días y aprovecho la ocasión para resaltar su importancia entre las nuevas promociones de escritoras peruanas. En este caso se tra­ta de alguien que ha inver­tido tiempo y paciencia en lo más importante para un creador: sus propios textos. (De paso, menciono que será una de las escritoras home­najeadas, junto con Rafael Roncagliolo, en el Noveno Congreso Internacional de Peruanistas que se llevará a cabo en Burdeos, Francia, del 21 al 23 de noviembre próximo).

Una obra sólida

Fue así como Grecia decidió estrenarse como narradora con su primera novela, La espera posible (1998), un relato histórico y profundo que transcurre en Recuay (de donde es parte de su fami­lia). El 2003 publicó La vida violeta, intenso relato sobre el amor y el envejecimiento. Luego siguió con Atardecer (2006), sobre la violencia po­lítica y los recuerdos de un Perú en estado de erupción, y La colección (2012), sobre la decadencia de la clase media limeña. Hace poco apareció su última novela, Mar afue­ra (2017), en que explora el exilio y los laberintos de una investigación policial. Como se ve, su narrativa cubre casi todos los temas candentes de nuestra literatura actual.

Pero no olvidemos que detrás de esa prosa se encuentra una excelente poeta, capaz de jugar con el lenguaje por dentro y de mostrar la maestría de la expresión sencilla y directa. Fue así como el 2006 se animó a publicar su segundo poe­mario, En brazos de la carne, que enriquece la producción de las voces de su hornada, la del 90, y de las poetas mu­jeres en general. ¿Su mayor cualidad? Tal vez transcribir con el descoyuntamiento ver­bal, la imaginería corporal, el ritmo jadeante y ansioso, los avatares de una experiencia insustituible como la mater­nidad.

Como pocos, este libro supera el facilismo tradicional de muchos autores y autoras anteriores para ahondar en la relación madre-hijo también desde la experimentación for­mal. Basta citar unos versos sobre la felicidad del parto: “El bárbaro ha cruzado/ las montañas/ las nieves/ los ce­lajes/ los campos devastados/ los ríos encrespados/ las más inmensas/ el barro y la roca dura/ El bárbaro ha forzado los portales/ las mu­rallas los fosos y las fieras/ los goznes explotados lo han dejado/ nacer”.

La espera da su resultado. Ha nacido una criatura como un pequeño guerrero que se ha abierto paso “entre los bra­zos de la carne” para escapar de su prisión amniótica. Esos goznes, las extremidades ma­ternas, han sido barridos con una fuerza física que el poema destila a través de un cauce sin puntuación, porque el fluido constante de sustan­cias corporales desciende en forma de palabras que a la vez se acumulan sobre la página en blanco. Y sin em­bargo, la poeta-madre reco­noce su vulnerabilidad y su condición de fuente de vida para sus retoños. El último poema es casi descarnado y a la vez intensamente natural. Comienza diciendo: “Como una perra echada/ en la bal­dosa fría/ ofreciendo su flanco a las voraces/ crías”.

“Nuestra autora ha demostrado con su calmada labor que hacerse una autoridad en nuestro mundo literario no pasa necesariamente por el autobombo activista ni la sublimación de las urgencias periodísticas”.

 

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