OPINIÓN | Augusto Ortiz de Zevallos: Tratar de explicar y entender Barcelona

No era un intento fácil el que me tocaba abrien­do mi viaje anual de es­tudios sobre ciudades y proyectos urbanos con los estudian­tes de la maestría MAGDI de ESAN.

Por Augusto Ortiz de Zevallos

No era un intento fácil el que me tocaba abrien­do mi viaje anual de es­tudios sobre ciudades y proyectos urbanos con los estudian­tes de la maestría MAGDI de ESAN.

Diez años después de la primera vez, cuando sumamos Berlín a ese in­tento, lo que ahora se reemplazó por varias ciudades holandesas: Amster­dam (y su hermoso suburbio de Al­mere), Rotterdam y La Haya. Y es que cada ciudad tiene su misterio y hay que entender la narrativa y personajes de su propio cuento, antes y además de tomarse selfies, ese deporte ya tan uni­versal como el fútbol.

Contaba allí con buenos amigos y aliados, además de mis recuerdos por haber vivido y trabajado como arqui­tecto ‘peruá’, allí, en su centro, y ha­ber sido un barcelonés más, hace 42 años. Y con no pocos libros leí­dos, que abundan y se renuevan, para tratar de entender a esa seduc­tora guapa, querida y milenaria seño­ra: Barcelona.

Relatos y libros que se renuevan

Como que acaba de publicarse (Grijalbo) Los herederos de la tierra de Idelfonso Falcones, a los diez años de su hermosa La catedral del mar, donde este abogado escribidor reivindica que la pri­mera, la Barcelona de verdad, y su primera y hermosa catedral, Santa María del Mar, fue, y lo dice su nombre, la ciudad del Puer­to. Obra hermosa que hicieron y terminaron, con sus propias manos y talento de construc­tores natos, los picapedreros aliados con los estibadores, quienes para ello bajaron a pulso sobre sus espaldas el granito desde el monte costero vecino, el Montjuic (Monte Judío).

Y explica Falcones que la otra catedral, la oficial de la ciudad de adentro, donde, en­tonces, en el Medioevo, estaban los señoríos feudales, es posterior y tardía. Añado yo que esto de seguir haciendo catedrales inconclu­sas sigue, y que el mejor homenaje a Gaudí hubiera sido dejar las obras de la Sagrada Fa­milia donde las dejó él, como artesano pica­pedrero escultor e intuitivo, que casi no hacía planos, y no robotizarlo con grúas y esas ale­gorías de retórica mística a la vez que nacio­nalista y de clisés que abruma.

Muchas ciudades sucesivas en una

Barcelona, que antes fue romana y ro­mánica, es gótica, en varias acepciones. Y lo mejor en ella es su gótico inacentuado, como le dije en el 73 en una tertulia mágica y larga en una mesa de terraza en la Rambla (era el memorable café Canaletas, que hoy es un estúpido Burger King) a nadie menos que a Alvaro Mutis, lo que me mereció que me invitara otra copa, al día siguiente de que MVLL me llevase de mascota a una comida familiar con sus amigos GGM, Donoso, Ed­wards y Muñoz Suay, cuando aún vivía él en Barcelona y estaba por publicar Pantaleón y las visitadoras.

Época española de censura y mediocri­dad intelectual, esa que coincidió al final con el auge del Boom. Cuando Franco, con ese lema incomible: “Caudillo de España por la gracia de Dios”, estaba en todas las mone­das, todos los billetes y todas las estampillas.

Cuando en Barcelona estuvo prohi­bido por décadas el catalán, y por sus mejores intelectuales, como Goytisolo y Barral, y más tarde Mendoza y mu­chos, tuvieron que formarse y apren­der a leer y escribir en castellano. Dua­lidades y contraposiciones viejas que también se renuevan. Y que nos tocó ver en la manifestación de la Diada, muy tranquila y cívica, además de ma­siva.

Es lamentable que España (Es­panya) y Catalunya (Cataluña) no se entiendan. Y que sus políticos sean mediocres e incapaces de redefinir esa relación que durante siglos tuvo a la ciudad encerrada y densísima adentro de una muralla, y vigilada desde una ciudadela militar; lo que hoy, desde fi­nes del siglo XIX, es el Parque de la Ciudadela, adonde llegaba la enorme marcha de esa Diada que vimos.

Ciudad y urbe

Y es que así como hay ciudad, hay urbe. E interesa explicarlos interacti­vamente. Tanto como categorías como también en tanto que realidades.

La primera, la ciudad, es el (y lo) colectivo: los ciudadanos, su histo­ria, proceso y cultura. Y la segunda, la urbe, lo construido, la materialidad de eso mismo, la ciudad física y edifica­da, la arquitectura urbana.

Diálogo indispensable si se quiere enten­der algo (aunque siempre hay, y lo padece­mos en Lima, quienes no quieren entender nada y confunden ciudad y ciudadanía con autopistas y viaductos).

En Barcelona sí hay ciudad y hay urbe. Se la vive bien y con orgullo, como algo com­partido. El espacio público existe en todas partes y su recuperación fue el inicio de su rescate, lo que ha llevado a un enorme éxi­to, hoy casi excesivo. La ciudad había per­dido el valor de su frente marítimo, conver­tido en espacio residual, porque el tren desde Francia hacia Madrid había generado frente al mar, como en el Callao, industrias, alma­cenes y barrios marginales (‘chabolas’ les di­cen en España).

Lima y Barcelona se parecen

Ese litoral barcelonés recuperado es hoy admirable y está integrado a la ciudad, cu­yas playas son disfrutadas por todos. Eso que en Lima, absurdamente y desde el pro­pio municipio, se impide, desmantelando el proyecto de la Costa Verde, que el propio al­calde actual encargó. Y confundiendo playa con pista.

Y también se parece a Lima en Barcelona el centro, que también fue un mundo tuguri­zado, inseguro y deprimido, pero que ahora está vivo y renovado, como resultado de cla­ras estrategias que lo dinamizaron, haciendo que allí ya no haya guetos, miedo ni insegu­ridad. Que todo se camine y que, entonces, el turismo, enormemente incrementado, re­active la economía de todos los que allí vi­ven. Que el centro se disfrute y no se padez­ca.

Lo que en Lima también se impide –por este suicida y vengativo municipio metro­politano– con el desmontaje del proyecto Río Verde, que generaría a lo largo de tres kilómetros del río Rímac, en el corazón del centro, de Barrios Altos, de Monserrat, de El Agustino, de San Martín de Porres y del Rímac, esas calidades de vida, de oportuni­dades, de ambiente y de revalorización pa­trimonial e inmobiliaria que Barcelona evi­dencia en su viejo ‘arrabal’, el Raval, en su Barrio Chino, en La Barceloneta, en su Pue­blo Seco (Poble Sec), en su Pueblo Nuevo (Poble Neu). En todas partes.

Aprender del éxito sería me­jor que copiar el fracaso

Comprobamos que le ha ido tan bien a Barcelona que tanto éxito ya es problema: precios elevados, presión para volver hote­les todo, cierta pérdida de identidad, etc. Es divertido.

En la Rambla uno ve cómo mujeres con burka, chinos en multitud, hindúes con tur­bantes y rusos con cara de Putin se prue­ban y se ponen camisetas con los nombres de Messi, Neymar y Suárez, esos ‘sudakas’ que siguen importando mucho para que esta ciudad, ya universal, se haya vuelto un imán, un destino, un ícono y una experiencia ecu­ménica.

Lima, la urbe, se le parece y mucho geo­gráficamente: costera, con el litoral, el puerto y el aeropuerto casi en el mismo sitio. Pero, lamentablemente, esta Lima sin más carta de navegación que la venganza política se pare­ce cada vez más a la Barcelona colapsada y conflictiva de cuando Franco hacía lo que le daba la gana.

Continuará…

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