OPINIÓN | Ántero Flores-Aráoz: ¿Viejos?

Las personas de elevada edad eran nominadas como “viejos”, calificativo absolutamente inadecuado y hasta irreverente que felizmente cayó en desuso al hablarse de “anciano” para luego dar pase al actual “adulto mayor”.

Por Ántero Flores-Aráoz /Ex Presidente del Congreso de la República

Comenzaré contándoles una anécdota. A mi papá le gustaba mucho leer un vespertino de nombre “Última Hora”, el que salía a la venta en las tardes, con información del mismo día en lenguaje coloquial e informal. Leyó, bajo el título, más o menos: “ARROLLAN A ANCIANO DE CINCUENTA AÑOS” y su indignación casi llega a producirle un soponcio.

Si es que nos cobijamos en la Historia, observaremos como la edad máxima de las personas, que hoy denominan expectativa de vida, fue variando y ampliándose con el devenir de los tiempos, a tal punto que los organismos internacionales vinculados con la salud han ido elevando la edad de quienes pueden considerarse en la ancianidad, y ello principalmente para establecer edades mínimas para el retiro de actividades ocupacionales o la jubilación.

Las personas de elevada edad eran nominadas como “viejos”, calificativo absolutamente inadecuado y hasta irreverente que felizmente cayó en desuso al hablarse de “anciano” para luego dar pase al actual “adulto mayor”.

Para destacar vigencia y experiencia relativa a la edad ma­dura, mejor dicho, muy madura, enarbolaban los interesados ejemplos imaginativos como “viejo es el viento y sopla”, “viejo es el mar y embravece”, “viejos los volcanes y erupcionan”.

Con pertinencia seguramente el lector se preguntará ¿a qué viene todo ello? Y la respuesta no es otra que en Lima acaba de concluir unas nuevas Jornadas Iberoamericanas de Derecho Laboral, con la presencia de destacados laboralistas europeos y latinoamericanos que han centrado sus estudios y deliberaciones en las actividades ocupacionales a cargo de los adultos mayores.

Ello es muy válido, pues lo que se podría denominar el reto social de nuestros tiempos, es hacer que los ancianos estén ocupados, para con ello sentirse úti­les y no les afecten dolencias físicas y/o mentales vinculadas con la falta de actividades.

Cada día el número de adultos mayo­res va en vertiginoso ascenso, aunque no relacionado matemáticamente con el incremento de población joven y, al aumentar las expectativas de vida, los sistemas previsionales se tornan en no suficientemente útiles, lo que obligaría a su reperfilamiento, sin olvidar que al aumentar también la edad promedio para el deceso, se está más tiempo fuera de las actividades laborales que en las mismas.

Normalmente quienes detentan el poder, sea gubernamental o parlamentario, consideran que las soluciones tienen que ser con cambio de disposiciones legales y también con mejores in­terpretaciones jurisdiccionales, empero lo que primero debería definirse son políticas de Estado en relación con el adulto mayor.

No se puede seguir con la realidad a contrapelo con la legisla­ción, pues mientras las expectativas de vida aumentan, desde el Estado se pretende reducir la edad de jubilación, e incluso la de la jubilación anticipada, y con el peligro que significa dejar al “desnudo” los fondos previsionales con la devolución en porcentaje altísimo de lo acumulado, con lo cual no solamente se hace añicos a su objetivo sino al mismo tiempo se deja en desprotección económica a los ancianos.

Los municipios, a través de los establecimientos para adultos mayores, deben darles ocupación, no necesariamente rentada, en actividades afines a su situación, así como crear espacios para la lectura, tertulia, deporte, danzas e incluso aprendizaje de computación, que les abre el mundo a sus pies.

 

 

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