CULTURAL | Rubén Quiroz Ávila: Recuerdos con el Sr.  Cárdenas

KATARSIS: ¿Cómo tratar teatralmente la violencia política reciente? ¿Cuál debe ser nuestro acercamiento a una etapa sumamente dolorosa?

Actoralmente es una obra de buen nivel. El problema es del guion. Romero en su buena voluntad de dar una lección moral e histórica, hace una parábola escolar al final. La admonición última es un llamado a la memoria y la paz, funciona en una plaza pública, pero no en un proscenio”.

¿Cómo tratar teatralmente la violencia política reciente? ¿Cuál debe ser nuestro acercamiento a una etapa sumamente dolorosa? Hay varios caminos. Siempre depende de quiénes y desde dónde se cuenta. Algunos han optado por línea fuertemente catártica como La Cautiva (2014), con una actuación magistral e inolvidable de Nidia Bermejo. Puesta en un lugar tan emblemático comercialmente como Larcomar y en la Sala La Plaza bajo la mano de Chela de Ferrari, es decir, mediáticamente visible, en un espacio y relaciones sociales que en sí mismo neutralizó los ataques conservadores. Es posible que no hubiera sido igual si se estrenaba en Ayacucho. A veces creemos que lo que sucede en la capital tiene impacto nacional. Y al revés es aún más terrible. Que los acontecimientos en todo el país, mientras no ocurra en Lima, no existen. Hay un ninguneo histórico, centralista, clasista, racista y excluyente de la inmensa complejidad cultural del Perú.  Así pasó con esta etapa crudelísima que arrancó en los años 80. Mientras casi todo nuestro país se incendiaba, ciertas zonas distritales de la ciudad de Lima, apenas se enteraban y miraban indiferentes al horror. Claro, era una guerra de indios, de pobres, de quechuahablantes, de tribus amazónicas. La insania terrorista y su atrocidad total no podía llegar a la clase media. Sin embargo, sucedió. El hito fue el desalmado atentado senderista en la calle Tarata en Miraflores (1992). De pronto el espanto apareció con su inmensa brutalidad. Pero hace doce años que había empezado.

Es sobre esa visión de familia miraflorina, esta vez víctima directa, que plantea Romero el proceso del dolor colectivo. Laura (María del Carmen Sirvas) está en un limbo: una infancia atravesada por el conflicto armado, alrededor de un linaje que contenía todas las taras de la discriminación. A pesar del recuerdo bondadoso y cómplice de su abuelo el Sr. Cárdenas (Alberto Herrera) y la limpia actuación como la niña (Luciana Monteverde) que va perdiendo la inocencia histórica, es fundamentalmente una cartografía de los niveles mentales de exclusión social y clasista. El trabajo de Martha Figueroa (Sra. Cárdenas), va a buen ritmo, lo mismo con Rolando Reaño y Lolo Balbín. Es un elenco parejo, bien ensamblado, un equipo actoral. La dirección de actores es clarísima. Sirvas, mantiene el drama en sus ojos, en su rostro, en su silencio. Monteverde está alineada con ese lenguaje no verbal, que siempre es imprescindible en las mejores actuaciones. El fondo sonoro, con las noticias que van disparando el contexto, tejen una oscura atmósfera, tan adecuada como bárbara.

Actoralmente es una obra de buen nivel. El problema es del guion. Romero en su buena voluntad de dar una lección moral e histórica, hace una parábola escolar al final. La admonición última es un llamado a la memoria y la paz, funciona en una plaza pública, pero no en un proscenio. El populismo es innecesario en una puesta tan bien llevada hasta ese momento. Las lecciones ya estaban dadas.

FICHA

Dirección y texto: Patricia Romero

Actúan: Alberto Herrera, Rolando Reaño, María del Carmen Sirvas, Lolo Balbín, Luciana Monteverde y Martha Figueroa

Lugar: Centro Cultural Ricardo Palma (Av. Larco 770, Miraflores)

LEYENDA: El dolor colectivo es presentado en la obra por Patricia Romero desde la experiencia de una familia miraflorina.

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