Viento de palabras | Borka Sattler: Carmen Ollé y los claroscuros de la Luna

La poetisa y crítica peruana Carmen Ollé explora sobre el placer y no placer en su última obra

El bien y el mal son conceptos contundentes. El bien representado por la luminosidad y el mal entre sombras hasta llegar a la oscuridad. En el universo de Carmen Ollé, autora de Halo de la Luna (Peisa, 2017), breve novela magistral, la luz a veces hiere la visión y se refugia en la penumbra y lo oscuro no es tan negro. El tema está envuelto en el claroscuro, término que conocemos los pintores y al que es tan difícil llegar, pues se ubica entre la luz y las sombras, conjugando misterios y evidencias, magia y visión concreta de los acontecimientos, representando en la narrativa al igual que en la plástica lugares distantes y ajenos, pero presentes en las pulsaciones de la vida traspasada por la quietud de la muerte.

Siempre el ingenio humano es interesante y cuando surge una idea poco común de representar lo bueno y lo malo, se produce una inquietante sensación por indagar en la mente creativa del narrador.

Con símbolos oníricos, Halo de la Luna nos sumerge en aguas turbias donde un universo surreal impide ver la realidad como la entendemos, salvo en pequeñas porciones en que se filtran halos de luz venidas de la luna y no rayos del sol. Así se restablece el equilibrio de la mente, dándonos el valor de jueces en la acción.

En el quicio imaginario de una puerta que divide la vida de la muerte se produce un relato que se resbala de conceptos fijos y camina por lo romántico hasta la aberración, por lo humano a lo inmortal, de la fantasía a lo real, del silencio a los gritos y de lo moral a lo inmoral.

Podría llenar páginas enumerando las sensaciones que produce Halo de la Luna, pero dejemos que la barca del mítico Caronte nos lleve por las aguas no del todo transparentes de un río sórdido para hablar de la trama de esta novela llamada por algunos “novela negra”.

Una niña llamada Samantha de apenas catorce o quince años está a punto de morir de una extraña enfermedad que la postra en un débil cuerpo consumiendo su vida. De cabello negro y sedoso y de rasgos orientales, la niña aguarda a la muerte acompañada de su aya o su nodriza que ha recibido el encargo de los padres de la criatura: no dejar que la niña adolescente se vaya a la otra dimensión sin haber gozado del placer infinito que representa la sexualidad, el completar la hechura de su cuerpo, aunque debilitado, con el cuerpo del otro sexo encontrando el complemento.

El aya, mujer mayor pero también ávida de sexualidad, trata de encontrar entre varios personajes el que despierte en la niña el gozo sexual y ella no se vaya de este mundo sin sentir ese placer. Cavernas, montes y caminos llenos de maleza, así como el río infernal surcado de cadáveres suplicantes donde navega Caronte (el Infierno de Dante) son los escenarios de esta narrativa, acompañada, como música de fondo, por el Adagio de Albinioni.

Hay varias situaciones que conllevan a la intención de la nodriza y a su compromiso con los padres de la niña y se van presentado diversos personajes que conforman la intriga.

Hasta allí puedo contar. Es preciso meterse en las páginas de Halo de la Luna para encontrar la solución.

¿Es solamente el gozo sexual lo más importante de la vida? ¿Dónde quedan los sentimientos y el amor?

Este relato los dejará despiertos. El sueño vendrá después.

¡Chapó!, Carmen Ollé.

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