“Venimos de la noche y hacia la noche vamos”

"Mi padre, el inmigrante es un extenso poema dividido en treinta secciones, en cada una ofrece el recorrido por los paisajes itálico-venezolanos"
“Venimos de la noche y hacia la noche vamos” “Venimos de la noche y hacia la noche vamos”

Por: Eduardo Lino Salvador

Dejar la tierra, mirar hacia atrás para guardar su última imagen en la memoria. Dejar atrás a la familia, a los amigos, tal vez a un amor; para dar inicio al viaje que nos llevará hacia nuevos horizontes, experiencias, nuevas tierras que con el paso del tiempo posiblemente volvamos a llamar hogar. Mi padre, el inmigrante (1945) del poeta venezolano Vicente Gerbasi (1913-1992) es un canto elegiaco al periplo del padre desde la lejana Italia hacia las costas venezolanas. Es, también, la realización de un viaje hacia el mundo interior del padre y un pretexto para la voz del poeta para explorarse a sí mismo y con ello unirse más aún a él. Su voz hurga en sus miedos, silencios, vacíos, debilidades, en la soledad, que a veces se torna sabia: migrar es también ir de la mano con ella.

Vicente Gerbasi es uno de los representantes más importantes de la poesía venezolana del siglo XX; la cual posee una valiosa constelación de orfebres de la palabra que no ha sido lo suficientemente difundida más allá de sus fronteras. La poesía Latinoamericana se enriquece con la calidad de la literatura de Venezuela, entre ellos resaltan nombres fundamentales como los de José Antonio Ramos Sucre, quien practicó de forma magistral el poema en prosa; Antonio Arráiz con su singular vanguardia en Áspero (1924); Pablo Rojas Guardia integrante del grupo poético “Viernes”; Ana Enriqueta Terán voz influenciada por la tradición clásica de la poesía española; y a este concierto de nombres sumamos el de Juan Sánchez Peláez con sus imprescindibles libros Elena y los elementos (1951) y Animal de costumbre (1959), además, este vate le dedica unos versos al peruano César Moro: “Cesar Moro, hermoso y humillado/ tocando un arpa en las afueras de Lima”. Poema que nos presenta a un Moro que nunca morirá, porque para su otra la familia, la poesía, siempre estará entre nosotros.

Hijo de migrantes italianos, Gerbasi conoció de cerca la realidad de esa condición de ser forastero en tierras en las que el idioma de los padres no es el que hablan los padres de los amigos. Con diez años, Gerbasi hace el viaje de retorno a la tierra del padre: realiza sus estudios secundarios en Italia. Parte de Puerto Cabello en 1923 y al mirar atrás guarda en su memoria la despedida de su padre. Este muere en 1928, un año antes del retorno del poeta a Venezuela. Ya en su país, desempeña diversos oficios hasta el año 46, punto del inicio de su carrera diplomática, de sus múltiples viajes alrededor del mundo y de la consolidación de su poesía.

 

El tiempo el origen

Mi padre, el inmigrante es un extenso poema dividido en treinta secciones, en cada una ofrece el recorrido por los paisajes itálico-venezolanos, por los recuerdos vividos en una niñez dividida entre el estar “aquí” y “allá”, y, sobre todo, es el diálogo con la “ausencia” del padre a través de la memoria (“Siempre te encuentro, oigo tu voz,/ en mi hora más secreta, cuando refulgen las gemas del alma”), de la reflexión sobre su historia (“De todo tu andar de antiguo caminante/ de todo tu sufrir en desamparo”) y de lo que significa su nuevo viaje, esta vez en el camino de la muerte (“Cuando tú venías, venías hacia la muerte,/ porque así son nuestros pasos en los días”). Existe un verso con el cual se abre y se cierra el poema: “Venimos de la noche y hacia la noche vamos”, el cual, a la luz del conjunto, evoca la figura del hombre en un tránsito constante, acaso en un eterno viaje a través de lo incierto, un andar sin saber hacia dónde se arribará. La noche es el tiempo del origen, el punto de partida del hombre que se dirige al día como una metáfora del recorrer la vida. Su Vida-día es el viaje, la migración, hacia todas las experiencias a las que se va a enfrentar: la mañana, el mediodía, el atardecer son etapas de ese camino. Las cuales ofrendan al viajero alegrías, tristezas, sonrisas, pesares, amores; todo ello finalmente se cristalizará en sus recuerdos, en su memoria no solo para él, también para los suyos: nuevos viajeros acompañantes del camino. Este viajero venido de la noche, caminante del día se dirige inevitablemente al punto de llegada: la noche es el final del recorrido, es también el símbolo de la muerte. Sin embargo, nos queda la memoria guardada por los suyos, por la voz poética que hace eterno el paso del padre inmigrante por la Tierra.

Finalmente, pienso, si existe una característica de las tantas que puede definir la naturaleza del hombre; esa es la migración. Todos nosotros de diferentes culturas, identidades, nacionalidades, credos hemos emprendido alguna vez la partida hacia nuevos rumbos. O simplemente tenemos cerca de nosotros a un caminante, a ese viajero venido de lejos a quien debemos alumbrar parte de su camino, pues “venimos de la noche y hacia la noche vamos”.

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