Todos los sueños del mundo

“Ese armazón de proponer casi todos los temas, casi todas las oscilaciones, casi todos los dilemas, casi todos los procesos teatrales, casi todas las dudas"
Todos los sueños del mundo Todos los sueños del mundo

¿Cómo colocar en tan poco tiempo todos los sueños del mundo? Difícil. Parece que Althaus se tomó en serio el verso de Pessoa y lo convirtió en imperativo. La rima transformada en una orden. Mostrar las entrañas de una puesta vuelve pretenciosa el anhelo de totalidad del drama. Es un riesgo altísimo difuminar las fronteras de lo real y la ficción. Y, por supuesto, en un arco de tiempo corto es aún más engorroso resumir todos los dramas teatrales. No se puede contarlo todo. Jamás. Sino carece de sentido lo siguiente. La premisa de esta puesta es justamente también su debilidad.

Ese armazón de proponer casi todos los temas, casi todas las oscilaciones, casi todos los dilemas, casi todos los procesos teatrales, casi todas las dudas, convierte a este intento en un experimento sobresaturado de información. Una hipérbole de poco más de dos horas. Como la directora lo quiere abarcar todo, el modelo implosiona. Es decir, en vez de llevarnos a una reflexión sobre la propia naturaleza teatral, esta concepción congestionada más bien señala su desproporción. Y ello es más notorio cuando la simulación de borrar la ficción fracasa. El caleidoscopio escénico se vuelve redundante. Podría haber sido una obra estupenda para despedir al buen Ísola de las tablas. Uno podría haber encontrado un tácito homenaje a su heroica trayectoria. Una digna ceremonia del adiós para el maestro. Pero no. Uno ve al gran Alberto Ísola dando una clase de teatro, pero no actuando. Y, a todos los demás, como coreutas de esa sesión pedagógica. Cuando están en el proscenio con el venerable mentor, los actores lo contemplan o dan un examen para su evaluación. Esos registros disparejos muestran los zurcidos de la tentativa.

Avaricia dramática

Más allá del buen oficio (estamos ante actores cuajados salvo el enternecedor tanteo actoral del niño), el axioma dramático es el problema fundamental, aunque no el único. Esa falta de humildad hace que el anhelo de la puesta se vuelva contra ella por su avaricia dramática. El propósito de explotar la lógica voyeur del espectador, naufraga. Si la idea era mostrar los entretelones internos, los sucios trapos de casa, las vísceras de los ensayos, poco de ese efecto buscado se logra. Puede haber sido una obra modélica sobre el pensar al teatro como fenómeno, pero su ambición lo petardea. Por lo tanto, la catarsis se extravía. El justo medio, recomendaba Aristóteles. No estaría mal revisar de nuevo la Poética.

Subestimación del espectador

Sin embargo, es sugestivo para un público que pueda fascinarse por los guiños de las obras teatrales canónicas o por la tipología de los personajes del mundo de las tablas: un viejo actor retirándose (Ísola), un dulce niño actor que canta (Matías Raygada); ¿es políticamente incorrecto señalar a la dirección que perfeccione la dicción? Si vamos más allá de la seducción por la ternura que nos provoca el inicio temprano en las artes escénicas, está la obligación, siempre, de formar rigurosamente a todo interesado. Evitar totalmente la complacencia desde el saque, potenciaría mucho la profesionalización. Raygada tiene un potencial natural y que debe ser bien guiado. El elenco restante es de oficio y sin brillo. Correcto al borde de lo anodino. Sus personajes le dan poco margen. Así, aparece un impetuoso joven actor (Gabriel Iglesias), que representaría un nuevo orden actoral y de prácticas contemporáneas, funge de esporádico antagonista. La escena donde está ebrio es inverosímil. El personaje que hace de director en permanentes encrucijadas (Sergio Llusera), acaso sea una profecía autocumplida. Sofía Rocha, como la promotora culturosa, acota innecesariamente los parlamentos del olvidadizo viejo actor, como si el público necesitara una instrucción básica. Esta subestimación del espectador designa el espíritu de la puesta. Por eso hay títeres, un cantautor repentino y romántico, la primera fila de la sala del Británico desocupada para asumir que todos están en el ensayo (sin ningún efecto sorpresa), una cancioncita infantil para conmover, en fin, una elegante cursilería.

Por supuesto, por las reconocibles trayectorias de los implicados, la dimensión de su trabajo actoral tiene que estar a la altura de exigencias cada vez mayores y con estándares internacionales. La condescendencia y el aplauso fácil es contraproducente para un teatro nacional riguroso, exigente, cuidadoso y con un respeto activo por el espectador.

FICHA

Texto y dirección: Mariana de Althaus

Elenco: Alberto Ísola, Sofía Rocha, Vanessa Vizcarra, Sergio Llusera, Gabriel Iglesias y Matías Raygada.

Lugar: Teatro Británico, Miraflores.

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