Superpopper

“Aunque los actores y actrices están todavía en formación, aparecen ya los resultados de la disciplina y la mano de sus maestros"
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César de María (1960) ya forma parte de la historia del teatro peruano. Además de soberbio dramaturgo, ha impulsado en diversos momentos una aguda reflexión sobre la vida teatral y su función catalizadora de la sociedad. Ello coincide con las propuestas de sus obras ya que muchas de ellas inciden en los permanentes conflictos de la peruanidad. ¡A ver, un aplauso! (1989) es ya un clásico en las puestas nacionales y por su nivel de ternura extraviada en una urbe atroz, reivindica el arte callejero con impronta poética notable. Tripaloca y Tartaloro, sus protagonistas, deambulan, trastornados, pero no perdidos, en una ciudad alucinada. En los duros años ochenta, vivir en Perú era prácticamente infernal. Estos personajes eran metáforas andantes de nuestra situación paupérrima y la profunda tristeza que nos carcomía. Vallejo ya había anunciado nuestra desgracia. A veces, en nuestra superficialidad actual, los peruanos olvidamos que conocimos el mismísimo infierno. No solo ardía la pradera sino todo el país. Nuestro futuro era casi inviable. Apenas hemos sobrevivido.

Entonces, de María, como Eduardo Adrianzén o María Teresa Zúñiga, son figuras ya emblemáticas de un tipo de dramaturgia peruana que además de exquisita es sumamente crítica. Ya hay algunos estudios sobre sus propuestas sin embargo es necesario ampliar las investigaciones. Una de las más interesantes es la de Alfredo Bushby que en su libro Románticos y posmodernos: la dramaturgia peruana del cambio de siglo (2011), describe a Superpopper como un signo del triunfo del individualismo de las sociedades posmodernas y que necesariamente llevan a la autodestrucción.

Rigor y disciplina

La puesta dirigida por Jorge Villanueva tiene varias aristas. La primera está vinculada a la concepción de una escuela de teatro como la que dirige. Sabemos de la tradición teatral en la que se sostiene la Universidad Católica y sus aportes en la formación teatral nacional. Por ello, nos da una clara señal de hacia dónde está yendo las exploraciones escénicas de esta institución. En este caso, hay una línea osada y fresca. Una segunda clave es que la obra de De María es una de las más complejas y el riesgo se incrementa. Así, que sea montado por estudiantes de los últimos ciclos también nos dan indudables indicaciones del rigor y la disciplina alcanzadas. Es un examen público. En este punto logran una nota aprobatoria. Un tercer vector es que ha sido representada muchas veces y con diferentes estilos por lo tanto el ejercicio de compararlas con las anteriores es inevitable. La propuesta de Guadalupe Vivanco, en el Cafae, en 2011, era una valla respetable. La marca creativa del director, en este caso reseñado, se nota.

Acertado concepto escenográfico

Aunque los actores y actrices están todavía en formación, aparecen ya los resultados de la disciplina y la mano de sus maestros. La obra exige una buena resistencia corporal y los muchachos no desentonan. Es, junto al acertado uso de la voz, una de las fortalezas más innegables. La dicción correcta y un exigente movimiento físico hacen buena combinación. A eso ayuda que el concepto escenográfico magnifica la visión del director, virtud notoria ya en Casa de perros (2017). De ese modo, la temática de locura y las borrosas fronteras entre lo real y lo irreal, se manifiestan perturbadoramente. Eso es un acierto. Es difícil ofrecer coherencia en una obra de niños enloquecidos, habitantes de los márgenes y la profundidad de la imaginación requerida. Brunella (Silvana Astorne), la hermosa niña asesina, su encerramiento liberador, su candor turbulento, su mente laberíntica, su emancipación especulativa, es verosímil y temible en su personificación. Y Joe (Juan Piero Vidal), el barrendero enamorado, convertido en el superhéroe salvador de su musa, encaja adecuadamente y por momentos resalta su actuación. Estamos, reiteramos, ante un grupo entusiasta, apasionado, cumplidor.

La espiral de crímenes que se desata en el manicomio infantil es imparable y deja de ser una posibilidad para enrostrarnos nuestra actual propia demencia colectiva e historia de violencia. A estas alturas, en la situación que vivimos, la obra parece hecha para recordarnos la cotidianeidad rabiosa, el miedo permanente, la enajenación. De algún modo todos somos Brunella: hemos matado simbólicamente a nuestros padres, queremos huir del mundo y optamos por encerrarnos y buscamos, casi siempre, a nuestro superhéroe redentor.

FICHA

DIRECCIÓN: Jorge Villanueva

TEXTO: César de María

ELENCO: Silvana Astorne, Jorge Chávez, Lorena Guillén, Daniela Hudtwalcker, Ilda Polo, Marjorie Roca, Andrea Rojas, Darill Silva, Emma Suito, Andrea Valdivia y Juan Piero Vidal.

LUGAR: Centro Cultural de la Universidad Católica, Av. Camino Real 1075, San Isidro.

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