Star Wars: Los últimos Jedi

Rian Johnson se pone al frente de la franquicia creada por George Lucas con una película que evoca un homenaje a la segunda cinta de la trilogía original

El director Rian Johnson tenía dos opciones obvias con Los últimos Jedi: usar El imperio contraataca (1980) más o menos de la misma manera que J. J. Abrams y El despertar de la fuerza (2015) usaron Una nueva esperanza (1977) –es decir, como un claro modelo– o seguir su propio camino. En lugar de escoger, ha hecho ambas cosas. Por un lado, el octavo capítulo de Star Wars evoca la segunda entrega de la trilogía original no solo incluyendo palabrería sobre el destino y alusiones a asuntos como el valor y la solidaridad sino también secuencias que directamente están inspiradas en ella. Pero por el otro, Johnson subvierte por completo nuestras expectativas, atando cabos sueltos y desvelando misterios, cerrando abruptamente líneas narrativas y abriendo otras que desvían por completo la dirección que le suponíamos a la saga.

En ese sentido, Los últimos Jedi funcionan menos como la pieza central de una nueva trilogía y más como un punto culminante, que representa el final de un ciclo y el principio de otro. Los personajes hablan tan repetidamente de la necesidad de desapegarse del pasado y aceptar el futuro, y se comportan hasta tal punto de acuerdo a ello, que la película incluso llega a percibirse como una puesta en cuestión de El despertar de la fuerza y de la testaruda tendencia de los fans a la nostalgia.

Homenaje y no copia

En El imperio contraataca, Luke Skywalker estrellaba su nave en Dagobah antes de encontrarse con Yoda e iniciar su entrenamiento como Jedi, Han Solo y Leia intentan escapar de la flota imperial con un Halcón Milenario con problemas técnicos, Darth Vader y el Emperador Palpatin discuten si es mejor acabar con Skywalker o llevárselo a su terreno. Prácticamente, y evitando desvelar más de lo necesario, lo mismo que ocurre en Los últimos Jedi, aunque protagonizado por otros personajes. Y el sentimiento de  déjà vu se refuerza cuando, dentro de la misma película, las situaciones se repiten. Ahora Rey (Daisy Ridley) es entrenada por Luke para luego ir a hacer frente al nuevo Imperio que al mando del líder Supremo Snoke y con Kylo Ren como su principal guerrero (hijo de Han Solo y la princesa Leia) busca hacerse con el control de la galaxia.

Emociones viscerales

Al mismo tiempo, Johnson encuentra oportunidades más que suficientes para proporcionar emociones más puramente viscerales. Los últimos Jedi acumula persecuciones y combates espaciales y duelos de espadas láser, y amplía significativamente el catálogo de poderes asociados a la Fuerza de una forma que quizá enfurecerá a muchos puristas. Por otro, ocasionalmente da rienda suelta a un tontorrón sentido del humor que no solo sirve para dar un respiro dramático a los héroes sino también logra quebrar la solemnidad de los villanos de un modo que los hace parecer más ridículamente humanos, en especial a Kylo Ren (Adam Driver). Y todo eso mientras explora las psicologías de unos y otros con una profundidad de la que no se recuerda que Star Wars hubiera hecho gala con anterioridad, hasta el punto de llegar a desdibujar ocasionalmente la línea que separa unos de otros.

Esta película dura dos horas y media, y no todas las aventuras laterales que contiene llegan a justificar su propia existencia. Especialmente en su primera mitad, presenta dificultades combinar de forma dramáticamente vigorosa sus numerosos frentes narrativos. Pero incluso entonces resulta conmovedora por su forma de reconocer el alcance del dolor provocado por la pérdida –de aliados y amigos, de ilusiones e ideales, de confianza y esperanza y vidas humanas–, y por su confianza en que de ese traumático proceso resultará un necesario renacer.

(Nota de Nando Slavà aparecida en www.elperiodico.com)

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