17 Nov, 2017

SAVIA

“Quien que no recuerda el pasado está condenado a repetirlo”

Rubén Quiroz Avila

“Quien que no recuerda el pasado está condenado a repetirlo”, sostenía el filósofo George Santayana, apotegma que ha sido repetido innumerables veces como un mantra necesario, aunque pocas veces comprendido a cabalidad. Sin embargo, qué sucede cuando el pasado es banalizado. Cómo reflexionamos responsablemente si la forma que se cuenta es baladí e irrespetuosa. Entonces, la meditación sobre nuestra historia deja de buscar curación y distorsiona el fundamento (e imperativo) principal de recordar nuestra vida en conjunto, incluso, tener la lucidez inexcusable para la denuncia de las patologías de nuestra memoria histórica. Eso es lo que sucede con Savia, el esperado proyecto de Chela de Ferrari. Es evidente que la expectativa era inmensa, luego de la escenificación terapéutica de La Cautiva. Más cuando ésta invitaba a una verdadera catarsis colectiva sobre nuestra herida nacional más reciente. Sin embargo, lo que hemos visto entra en contradicción no solo con la anhelada espera sino con la puesta en sí misma.

La historia se funda en la agonía de un viejo cauchero (Leonardo Torres) que representa todo el prototipo del empresario peruano de comienzos del siglo XX: racista, eurocéntrico, patriarcal, alevoso, misógino, hábil político, genocida. En su alucinación final reitera, sin indicios de arrepentimiento, su legitimación de exclusión. Es que a veces creemos, ilusamente, que el mal reflexiona sobre sí mismo.  Apela a la siniestra tesis de Clemente Palma en El porvenir de las razas en el Perú (1897), donde el hijo del tradicionalista sostiene el etnocidio como política de Estado. Una posición ideológica estandarizada y promovida por el racialismo decimonónico en mentes como Javier Prado, cuyo nombre de una avenida importante debería echarnos en cara también la razón de nuestros homenajes urbanos. Sin embargo, tres mujeres huitoto aparecen para reclamarle sus cabezas devoradas por el cruel civilizador. El anciano opresor delira.

Trivialización

Pero lo que debió ser un ejercicio de higiene colectivo, como exige el tema, se transforma en una trivialización tal que los vacíos dramáticos se llenan con clichés y groserías. A eso hay que sumarle que el vuelo lírico, la dimensión poética, la belleza del texto que por momentos se manifiesta, se diluye hasta parecer innecesaria e incongruente con el desarrollo teatral planteado por la dirección. La poesía, celebrada unánimemente en su anterior puesta, se extravía, flota sin conexión, sin exactitud con el despliegue escénico. El poder de sanación de la palabra se diluye, se pierde, se extravía. De ese modo, lo que debió ser otro ritual de sanación ciudadana no es más que noventa minutos de un ejercicio teatral frívolo, distorsionado, insustancial. El tema excede la puesta.

 

Las actrices, desde la enfermera (Patricia Barreto), guardiana del trastornado centenario, pasando por el espectro maternal (Fiorella de Ferrari), incluyendo la figura de la muerte que canta panalivio y zapatea encarnada en un afroperuano (Luis Sandoval) hasta el trío de personajes amazónicos (Cindy Díaz, Evelyn Allauca y Alejandra Bouroncle, aunque, paradójicamente, la dicción tiene un tono andino marcado), hacen su mejor esfuerzo pero la urdimbre escénica poco ayuda. Es como si hubiesen querido reunir en tan poco tiempo todos los males y las interpretaciones posibles sobre el Perú. Así, tienen escenas colocadas para satisfacer a las teorías psicoanalíticas más conservadoras (la escena de la succión sexual de madre-hijo), el espanto oligárquico del velascato (para ello las imágenes en blanco y negro del televisor), el compromiso con las otredades en su denuncia frente a las atrocidades (las proyecciones en todas las paredes, menos en la cuarta pared), la reivindicación de las culturas subordinadas (el canto cual oración al final) y uno puede seguir enumerando el abanico exegético que requieren e imaginan debe usarse. Es decir, están más preocupados en satisfacer las teorías interpretativas que la experiencia auténtica del pathos que correspondería instaurarse.

Hacer una relectura responsable de nuestra historia cultural, con el inmenso catálogo de conflictos, con las prácticas colonizadoras permanentes, con la obligación de una conciencia vigilante y cuestionadora, demanda un replanteamiento de la ruta teatral, una cordura aguda sobre la manera de cómo queremos narrar nuestra memoria para que interpele.

 

Directora: Chela de Ferrari

Texto: Luis Alberto León

Temporada: Del 17 de octubre al 12 de diciembre

Lugar: Teatro ISIL

Leyenda: El elenco “hace su mejor esfuerzo pero la urdimbre escénica poco ayuda”.

Leyenda: Los actores Luis Sandoval y Leonardo Torres.

Leyenda: Trío de actrices encarna el reclamo huitoto.