Santiago, el pajarero

“Uno esperaba una escenificación intensa en su narrativa de la derrota. Pero, de nuevo aparece uno de los ya más graves problemas de las puestas en Lima”
Santiago, el pajarero Santiago, el pajarero

La obra futurista se llama Nuevo sistema de navegar por los aires, sacado de las observaciones de la naturaleza volátil (1761) en plena etapa colonial de nuestro país y cuya principal razón es argumentar científicamente las razones por las cuales el ser humano puede volar. En ese memorial, Santiago de Cárdenas, chalaco, científico amateur y entusiasta volador, refuta las ideas canónicas del momento que constituían un paradigma perjudicial para el avance de la ciencia en el Perú. Es decir, un disruptivo total. No solo objetaba las tesis aristotélicas-tomistas hegemónicas sino que planteaba una avanzada lectura de la relación hombre-máquina que permitiría surcar los cielos. Es decir, un adelantado a su época y cuya propuesta audaz revelaba una posición quebradora del statu quo. Por lo tanto, peligroso. Sabemos que todo cuestionador del orden es inmediatamente disciplinado y aplastado. La hegemonía tiende siempre a permanecer y arrinconar toda oposición. Y eso es lo que sucede con esta eminencia que debería más bien formar parte de nuestro panteón laico de héroes científicos.

Sin embargo, en el Perú todo acto glorioso puede ser tergiversado. De ese modo su memorable acto de surcar los aires como signo de victoria humana, se fue convirtiendo más bien en un recuerdo ocurrente y de mofa. Tanto así que Ricardo Palma lo recoge en una tradición al cual titula Santiago Volador (1878), historia decimonónica que subrayaba la caída en desgracia de nuestro animoso individuo.  Además, como símbolo de su lugar marginal, es recordado en una simpática y burlona historia de títeres. Por supuesto, es casi inexistente en la historia de la ciencia peruana. Y esta fábula del fracaso, de esa tentación por la derrota permanente, es lo que atrajo a Julio Ramón Ribeyro. Totalmente comprensible ya que mayoritariamente el narrador limeño estaba fascinado por personalidades infortunadas, por anti-héroes, por seres vencidos hasta la saciedad. Además, es prácticamente un modo de ser peruano. Nos atrae el abismo. Vamos, casi gozosamente, al precipicio. Nuestra historia se repite como comedia. Y es en esa clave que es puesta en escena bajo la dirección Nishme Súmar.

Desbalance actoral

Uno esperaba una escenificación intensa en su narrativa de la derrota. Pero, de nuevo aparece uno de los ya más graves problemas de las puestas en Lima: el desbalance actoral. La directora elige la clave más romántica e infantilizada del personaje principal. Es decir, en vez de contar que es primero un esfuerzo teórico titánico y con ello quitarle la aureola de un simple orate amable, lo plantea bajo el prototipo de todo ídolo romántico. El cliché repetido ya como un castigo en nuestras puestas. Y esa camisa de fuerza actoral impuesta a Óscar Meza entra en contraste con la estupenda actuación de Andrés Salas, en sus diversos personajes. Pocas veces el actor secundario, como en este caso, vuelve irrelevante al protagónico desplegando un virtuosismo actoral fenomenal. En sí mismo es un espectáculo. Pero no es coherente ni siquiera con la visión escenográfica. Jaulas como falsas metáforas, plumas dispersas y vacías de significado, taller de experimentación ahistórica, esclava negra casi libertaria como para ponerle una sazón crítica pero ingenuamente trabajada. Pudo ser nuestro Galileo a lo Brecht pero solo es caricaturesca, baladí en su realización total. Además, con una música de acompañamiento pésimamente seleccionada. Escoge el precioso ritmo del baile de las tijeras, con todo su capital ritualístico para degradarlo a ser una comparsa banal del barbero antagónico. Una forma de desdeñar la estela sacra de la música de los danza´k.

¿Retórica de autoayuda?

Ese disfuerzo se ahonda en el monólogo de Santiago al defender las razones de su travesía científica. Debería ser un discurso conmovedor, una declaración de principios persuasivo sobre la posibilidad de seguir los ideales, un relato orgulloso del poder de la imaginación pero asistimos a un resumen de las debilidades actorales. Vemos al actor esforzándose (incluso hay lagrimitas), luchando por convencernos que el cielo es el límite y de que todo es posible, de que es cuestión de planteártelo y perseguir tus sueños (¿no parece familiar esta retórica de autoayuda?), entonces uno percibe que no es solo la actuación o la dirección sino el texto mismo. Ribeyro no es buen autor teatral. Luego de verla, oírla, leerla, me reafirma que Julio Ramón como dramaturgo es buen cuentista.

FICHA

Dirige: Nisme Súmar

Texto: Julio Ramón Ribeyro

Adaptación: Daniel Amaru Silva y Nishme Súmar

Elenco: Oscar Meza, Gisela Ponce de León, Andrés Salas y Mayra Najar

Lugar: Teatro La Plaza, Miraflores

 

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