Romance

“Él ya no hablaba con nadie, solo su labor cumplía y a la hora del descanso se sentaba bajo un árbol ensayando las palabras con que confesaría su amor"
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Por Borka Sattler

Cuantas veces pasó por su ventana, cuantas la miró sin decir nada. Pasaba cuando iba al campo a trabajar muy temprano y cuando se ponía el sol a las cinco de la tarde, regresaba sudoroso, pero ávido de verla tras la reja, sentada.

La única comunicación, el silencio y el corazón que latía como si quisiera salir y ponerse en las manos de su amada.

Ya no era duro el trabajo, no era doloroso el hambre, ni el sol que su piel quemaba, cuando con pico y lampa tenía que arar la tierra en los andenes del Ande.

Una vez creyó mirar una sonrisa en esos labios queridos y fue como si cien bueyes se metieran en su cuerpo para dibujar los surcos donde sembraría el grano.

En el espejo del río, la veía de repente y en el cuchillo del yunque su imagen contemplaba. En el susurro del viento oía una voz ardiente y sentía sus manos en las gotas de sudor que bañaban su piel cobriza.

Él ya no hablaba con nadie, solo su labor cumplía y a la hora del descanso se sentaba bajo un árbol ensayando las palabras con que confesaría su amor a la mujer, que con cara complaciente lo esperaba en la ventana, cada día en la mañana y cuando el sol se ocultaba.

Era una tarde oscura, el Astro Rey se había metido apresurado en las nevadas montañas que rodeaban ese valle.

Regresaba ya hacia el pueblo, su obsesión lo acompañaba y el ruido de los insectos le iba marcando el camino, cuando vio una parcela donde cultivaban flores. Muy cerca del alambrado que guardaba ese jardín, había una rosa roja que las luciérnagas iluminaban y ella en su esplendor se le ofrecía orgullosa.

El hombre se imaginó que en las manos de su amada sería su corazón y sacándola del tallo tomó la flor cuando un certero disparo el pecho le atravesó.

Uno de sus compañeros, que venía más atrás, corrió pronto para atenderlo. La gente de la casa en la parcela salió inmediatamente. Un capataz armado se unió al grupo de curiosos y al verlo allí en el suelo solo dijo: “Creí que era un ladrón”.

Al hombre se le iba la vida, tirado en un charco de sangre y en las manos sostenía la rosa que había cortado.

Con mucha dificultad, al oído de su compañero pronunció unas palabras, cuando éste lo sostenía y expiró.

El campesino apurado y llevando la flor, corrió hacia esa casa, para cumplir la voluntad de su amigo. Mas no encontró mujer alguna que esperara esa tarde. Tocó la puerta muy fuerte pero nadie contestó.

Por las rejas que guardaban esa ventana cerrada pudo meter el brazo y dejar la flor.

Un chico que era vecino y pasaba por allí lo observó con extrañeza, diciéndole que en esa casa, desde hacía cuatro años no habitaba un ser humano porque la dueña murió.

Cuando fue el campesino a darle a su amigo el último adiós, comprobó que el difunto en el pecho sostenía la misma rosa que él había dejado en la casa abandonada.

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