11 Ene, 2017

Río Lima, río del olvido

Una explicación de la razón por la que los poetas de la ciudad de Lima del siglo XVI y principios del XVII llamaban río de Lima al río Rímac.
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Por Giancarla Di Laura*

En el reciente volumen Voces limenses: ensayos en torno a nuestra ciudad, publicado por la Municipalidad de Lima (2016), me llamó la atención el artículo inicial, de la pluma del destacado crítico y poeta peruano José Antonio Mazzotti. Se trata de una investigación que da cuenta de por qué los primeros poetas maduros que tuvo la ciudad de Lima a fines del siglo XVI y principios del XVII usaban el nombre de “río Lima” en vez de “río Rímac” para referirse a nuestra más cercana corriente de agua. Nos dice Mazzotti:

“Los poetas “antárticos” se resistían en sus composiciones al nombre de Rímac para hablar del río, y casi siempre usaban el de Lima, en masculino, cuando se dirigían a él o lo describían. ¿Puro rechazo del nombre quechua? ¿Búsqueda de una sonoridad más acorde con el castellano? Veremos que el problema es más complejo. Así, como bien ha notado la estudiosa argentina Alicia de Colombí-Monguió, en los versos del “Discurso en loor de la poesía” de la Anónima criolla (mal llamada Clarinda), incluido por Diego Mexia entre los preliminares de su Primera Parte del Parnaso Antártico de Obras Amatorias, publicado en Sevilla en 1608, se dice, al hablar de uno de los poetas de la Academia Antártica, el doctor Figueroa, invocando al río Lima: “Tu d’ovas, y espadañas coronado / sobre la urna transparente oiste / su grave canto i fue de ti aprobado” (vv520-526). Es decir, la criolla poeta Anónima se refiere al río Rímac como río Lima, a secas, siguiendo la convención ya en uso entre los poetas de entonces.

Por su lado, Diego de Hojeda, otro sevillano ilustre, autor de La Christiada de 1611, había compuesto una “Canción Panegírica” a Pedro de Oña entre los prologómenos y dedicatorias del Arauco domado de 1596. Allí ya se habla del río Lima en términos más importantes que los consagrados ríos Po y Tíber de la península itálica […]. Y el propio Pedro de Oña, en 1609, había descrito los “montes” de Lima y su río como un dechado de claridad y un venero de paz y solaz.

Esta insistencia por hablar del río Lima y su antropomorfizada Ninfa tiene un antecedente curioso, pero en otras latitudes. Me refiero al río Lima del norte del Portugal, que ya había sido cantado por poetas lusitanos como Francisco de Sá de Miranda a mediados del siglo XVI. El poeta portugués era miembro de la tertulia de Basto, en la que también participaron Bernardim Ribeiro, el autor de Menina e moça, y el poeta y novelista Antonio Núñez de Reynoso. Sá de Miranda escribió en su poema “A el Rey”, en boca de un pastor, que “la Ninfa Neiva y Ninfa Lima, / ésta llamada el agua del olvido” estaban llorando las cuitas amorosas del personaje Diego.

Detengámonos en el calificativo de “agua del olvido”. Obviamente, esta referencia nos remite al célebre río Leteo de la mitología clásica, que tiene una ubicua e indefinida presencia tanto en poemas grecolatinos como en recuentos geográficos de la antigüedad. […] Este río Lima del norte de Portugal era, pues, identificado por los romanos como el Río del Olvido, pues al atravesarlo, el futuro de los legionarios era incierto. Sin embargo, no todo lo incierto era fatal. La abundancia del valle de Minho en cuyas cercanías se encuentra el río, con sus copiosos viñedos y su plétora de esmeraldas, hizo que esa región fuera conocida ya desde entonces como la “Costa Verde”. ¿Otra feliz coincidencia con nuestra limeña Costa Verde? Puede ser, y con prosapia clásica”.

Mazzotti, así, nos explica que desde aquellos tiempos de la formación de la cultura virreinal, tan limeñocéntrica como la de nuestros días, “cruzar el río Lima era parte de un imaginario de autoexaltación. No para morir, sino para devenir en algo mejor y superior a la identidad dejada en España. Se cruzaba el Lima no para ser menos, sino para ser más: mejor español, mejor persona, mejor poeta”. Y concluye: “El ombliguismo a veces enfermizo de nuestros vates actuales se remonta, posiblemente, a tan antiguas como ilustres raíces”.

Así que, poetas, piensen en estos antecedentes a la hora de hacer sus recuentos del año o sentirse heridos al no aparecer en algunos de ellos. El ombliguismo de nuestra cultura literaria no es de ayer ni de anteayer. Va de la mano de nuestro centralismo, que nace con la ciudad fundada en 1535 y, que, el próximo 18 de enero, cumplirá la friolera de 482 añitos. Salud.

* Catedrática en Lonestar College – Harmony School of Advancement, en Texas.

 

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