OPINIÓN | Javier del Río Alba: Un tesoro en la familia

En todas las familias hay adultos mayores, es decir personas que han llegado a la ancianidad. A todos ellos les envío un cordial saludo y el sincero agradecimiento...

En todas las familias hay adultos mayores, es decir personas que han llegado a la ancianidad. A todos ellos les envío un cordial saludo y el sincero agradecimiento de la Iglesia en Arequipa por su invalorable aporte a la familia y a la sociedad. Como varias veces ha dicho el papa Francisco, los ancianos son la memoria de un pueblo. Sin ellos, sin esa memoria, el pueblo corre el riesgo de perder su propia identidad. Además, los ancianos suelen tener aquella sabiduría que se adquiere a lo largo de la vida, entre éxitos y fracasos. Es la sabiduría que permite ver las cosas y los acontecimientos en su justa perspectiva. “La vejez es la coronación de los escalones de la vida. En ella se cosechan frutos: frutos de lo aprendido y lo experimentado, frutos de lo realizado y lo conseguido, frutos de lo sufrido y soportado”, dijo San Juan Pablo II en un discurso dirigido a ancianos el año 1980. Por eso, prescindir de los ancianos en la formación de las nuevas generaciones es como querer construir un edificio sin cimientos, es decir una sociedad frágil y vulnerable.
La vida es un don de Dios, que hemos de saber valorar, respetar y promover en todas sus etapas. La dignidad del ser humano no se reduce ni, mucho menos, se pierde cuando está afectado por alguna enfermedad o cuando se debilitan las fuerzas y la autonomía se ve limitada. Por el contrario, cuando las consecuencias del envejecimiento natural se acogen con serenidad y paciencia, desde la fe en el amor misericordioso de Dios, se vive en una nueva dimensión que permite comprender mejor el verdadero sentido de la existencia humana. Es cierto que en la ancianidad hay muchas cosas que no se pueden hacer como cuando uno era joven; pero hay otras tantas que sí se pueden hacer y que configuran, precisamente, el gran aporte propio de los adultos mayores a su propia familia y a la sociedad. Entre ellas quisiera destacar la oración y el consejo. Al no tener que cumplir una jornada laboral ni andar con las prisas que la sociedad impone a los jóvenes y adultos, la tercera edad es un tiempo propicio para dedicarse más a la oración en favor de la propia familia y del mundo, que tanto lo necesitan. Asimismo, desde la madurez alcanzada y desde la conciencia de las limitaciones humanas y de la grandeza de Dios, se sopesan mejor las cosas y los acontecimientos, lo cual permite dar mejores consejos a los hijos y a los nietos, propios o ajenos.
En síntesis, la presencia de los ancianos en la familia es fundamental para que esta se realice como Iglesia doméstica y cumpla a cabalidad su misión como célula fundamental de la sociedad. ¡Cuántos de nosotros hemos visto en nuestros abuelos y abuelas un ejemplo de fe viviente! ¡Cuántos niños experimentan día a día el amor a través de la ternura de sus abuelitos! Por eso, ante lo que el papa Francisco llama la “cultura del descarte”, que tiende a deshacerse de los ancianos como si fueran objetos inútiles, Dios nos invita a acoger la tercera edad como un don suyo para la persona, la familia y la sociedad. Los adultos mayores no son una carga sino un tesoro. Pidámosle a nuestra Mamita de Chapi que nos conceda la gracia de saber valorarlos, cuidarlos y rodearlos de amor y ternura. Y a nuestros queridos ancianos, permítanme recordarles que, como dijo el papa Juan Pablo II: “No hay edad de retiro para cumplir la voluntad de Dios que nos quiere santos.

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