OPINIÓN | Rubén Quiroz Ávila: Paukartampu

Esta propuesta multicolor, musical, acróbata y de fervor religioso ancestral, en el Centro Cívico Municipal de Comas, es conectarse con el poder migrante...

¿Cómo vincular nuestras matrices culturales, su sin­cretismo, su enorme crisol de mestizaje en un espec­táculo circense? Para ello tienen a la visión de César Aedo, mimo de la escuela de Marceau, comediante de po­lendas y comprometido con una lectura intercultural de las artes. Es que el Perú, con sus enormes contradiccio­nes sociales y morales, tiene en la génesis de su propia existencia, inmensas tradi­ciones culturales que han dejado de ser el pasado para convertirse en la propia sal­vación de su futuro. Nuestra propia sobrevivencia como nación está en reconocer esencialmente las posibili­dades de nuestra diversidad. En esa heterogeneidad está la ventaja.

Es por ello que todo es­pectáculo que organice su propuesta con una lectura abarcadora y respetuosa de nuestros orígenes está tam­bién marcando la agenda futura. Esa es la ruta tam­bién de una educación ciuda­dana. Toda una herramienta cultural para neutralizar el racismo y las discriminacio­nes clasistas. El arte es un parapeto fundamental para enfrentarse a todo obstáculo que impida una mejora de nuestras vidas colectivas. Además, si es acompañado con un cuidado de filigrana y sumamente interactivo, las posibilidades son exponen­ciales. Es por ello que esta pro­puesta multicolor, musical, acróbata y de fervor religio­so ancestral, en el Centro Cívico Municipal de Comas, es conectarse con el poder migrante. La energía chola, atrevida, sin complejos, or­gullosa. No es lo mismo ver y sentir este espectáculo en las zonas clasemedieras limeñas que en el mismo lugar don­de los andinos ampliamos la ciudad. Los cerros bajan en clave chacalonera. Pero fundamentalmente hablan, actúan. Los cerros piensan, viven, disfrutan. Los Apus exis­ten. Es por eso que la audacia del genial Aedo tiene otros ribetes y destruye cualquier zona de confort. Una lección de lo que deben proponer aquellos grupos que se asu­man verdaderamente como responsables con la cultura. No con el viejo y presuntuo­so error de llevar Beethoven, Bach, Shakespeare a los equi­vocadamente denominados márgenes de la megaciudad, como si nos hicieran un favor y con la perversa lógica pa­ternalista de culturizarnos. Craso error. A nuestro pue­blo, que somos mayoría en la capital, le interesa nuestras propias formas culturales, nuestras raíces. Comas, como bien decía el poeta Leoncio Bueno: “Tomamos estos ce­rros, he aquí, se alza una obra grande/Dirán: “Qué interesan­te… ¿Koumas ega un paisaje lunag?/Exacto. Vinieron los hombres de la masa/no te­nían agua para beber/pero sembraron árboles”

Y eso es Paukartampu, con fastuosa lucidez y alegría gozosa, desde las entrañas del pueblo, de los barrios hermosamente populares e intensos como es Lima Norte, hay una epifanía cultural imprescindible, cálida, floreciendo en medio de todo. Y a eso, unos artistas completamente entregados a la puesta de escena cons­truyen una fiesta inolvidable andina, peruana en todos sus vértices como un banquete ineludible. De ese modo, el jolgorio se extiende al pú­blico cuya cercanía con el suceso es extática. César Aedo es uno de los artistas con más visión estratégica y que ha combinado ello con su propio emprendimiento. Merece el mejor de los re­conocimientos, las palmas públicas e incesantes, la gra­titud por todo el amor al arte y nuestro país, el suyo. ❖

TAMBIÉN PUEDES LEER: