OPINIÓN | Raúl Mendoza Cánepa: Fabricar intelectos

Se cree que el incremento de horas o las sobrecargas académicas producen intelectos brillantes y no es así.
OPINIÓN | Raúl Mendoza Cánepa: Fabricar intelectos OPINIÓN | Raúl Mendoza Cánepa: Fabricar intelectos

Tuve la suerte del estímulo lector en la primaria y en casa. Este comentario viene a partir de los problemas de salud del gran intelectual, Marco Aurelio Denegri (MAD), quien tuvo a su disposición desde su corta edad un cúmulo de libros y, de seguro, mucha avidez por explorarlos. Leo lo siguiente: “fue hijo de Pietro Antonio Denegri, quien era dueño de la editorial más importante del país en los años 70, lo que le permitía tener y leer libros de primera mano”. MAD es un genuino intelectual, amante de los libros, minucioso en sus lecturas, crítico frontal de las costumbres. Sospecho que su erudición no provino del imperativo formal de la escuela sino de su propia propensión por agenciarse de ese conocimiento que estaba al frente de sus ojos. Lo mismo podríamos decir de Luis Alberto Sánchez o José Carlos Mariátegui.

¿Fabricar intelectuales desde la escuela? Lo que se ve es que la escuela actual produce stress, las exigencias sobrepasan a los estímulos, las tareas son concebidas como una práctica continua y el saber es una obligación. Se cree que el incremento de horas o las sobrecargas académicas producen intelectos brillantes y no es así, porque el saber no es un deber y menos rivalidad entre pares, es un efecto de esa sed que pocos maestros saben inculcar. Nuestro sistema educativo no tienta el amor al conocimiento e, incluso, puede llegar a ser una carga que el niño-adolescente lleve sobre sus espaldas para hacerse de un lugar en la vida. La especialización se vuelve una necesidad. Quizás cuando pienso en MAD y su propensión autodidacta y crítica al sistema, pienso, a la vez, en un modelo en el que la libertad es infravalorada, la crítica es disidencia, la obligación de saber una condición de éxito, la lectura un deber de interpretación unívoca. En ese clima, “el saber” es un reto aburrido. Maestros descontentos, escuelas estresantes y niños que nunca aprenderán a amar la sabiduría, solo confirman una realidad que abate: escasa comprensión lectora, miedo a las matemáticas, frustración, mal rendimiento y temor a preguntar.

Cómo convertir la escuela en un espacio al que el niño quiera integrarse ni bien abre los ojos en las mañanas es una de las primeras interrogantes que deben hacerse las autoridades educativas. La formación de autodidactas es más importante que la fabricación de graduados que nunca tomarán un libro por placer, apenas por utilidad u obligación.

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